Inestabilidad afectiva

por Agustina Bloom

La cosa era muy simple: una hamaca que iba y venía. Lo cierto era que la hamaca se movía demasiado y nunca estaba quieta. De repente, una niña algo caprichosa se sentaba arriba y también se hamacaba y tampoco estaba muy quieta que digamos. Le gustaba saber que el mundo giraba aun sin ella, que las nubes y el sol estaban moviéndose, que todo el universo era caótico y algo eterno. Entonces no podía bajar de la hamaca porque bajar de la hamaca significaba la renuncia a la cosa. Además no podía bajar porque la hamaca también se movía. Esto terminaba en una situación incomodisima para sus allegados amigos y chicos novatos. Ocurría simplemente lo siguiente: la niña se transformaba en hamaca. Es decir que iba y venía, te quiero no te quiero, que ni te alejes ni te acerques.

Mientras iba y venía la niña hamaca, las personas también iban y venían. Pero ella las movía. Sí, de alguna forma u otra las movía con cierta elegancia inconsciente y cierta imprudencia consciente. La niña entonces jugaba a golpear la pelota contra la pared, al boomerang, a todo lo que yo lanzo al éter lo quiero de vuelta conmigo. Imposible sacarle este capricho a esta niña, quien adormecida bajo esa sustancia narcisista, terminó transformándose en hamaca y quién sabe si algún día no se transformará en tobogán.




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