LUNA CRECIENTE

por Agustina Bloom

Se sonrieron porque detrás de sus ojos ya no había más lugar. Es decir, la felicidad se trataba de eso: de sentir cómo se despanzurran las emociones en cualquier rincón de la mente. Sentir sin miedo, sin titubear, sin la antesala burocrática del autocontrol. Mientras ella se recogía el pelo (mal), él dibujaba corazones cursis en la arena. Por un momento, ella pensó (o creyó) que él sería el indicado para llegar a eso.

Llegar a eso era llegar a la luna. Subir nube por nube, estrella por estrella, canción por canción. Creer que todo se puede siempre y cuando haya prolijidad emocional en la memoria. Cada escalón era una decisión y cada decisión era una nueva gota de amor.

Se sonrieron nuevamente, esta vez más de cerca. Él se acercó y le robó otro beso. Fue uno más lento, desesperado, decidido. Ella no quiso cerrar los ojos. Quiso ver esa libélula inquieta y desvergonzada que nacía de su piel y saltaba hacia su boca. Sintió que no existía ningún límite entre la piel y el tacto. Sonrío a sus adentros y en ese beso, en ese instante algo eterno de silencios intensos, descubrió que detrás de toda sincronía hay una luna creciendo.




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