VÉRTIGO

por Anna Gimeno

Se acercó con cautela, con el vértigo del que teme la caída antes de haber caído. Miró hacia abajo, allí donde el suelo se perdía, las figuras se difuminaban y todo se convertía en una masa de hormigón gris.

“No hay vuelta atrás”, musitó entre dientes, y lanzó un último suspiro al aire que enseguida se convirtió en vaho ligero. “Si pudiera volar, si pudiera…” se repetía. Hacía frío, los pies se acercaban con peligrosidad abrumadora a los márgenes de la repisa, y una nostalgia serena invadió su cuerpo.

La luz de la madrugada atravesaba sus ojos y calcaba su mirada a la perfección. Imaginaba el tránsito intenso de las gentes, el barullo de los bares, la vida en todos esos lugares de lo que solamente quería escapar. Apretó los puños, como agarrándose a un hilo invisible que lo sostenía, y dio un paso adelante con los ojos cerrados y sin respirar.

Silencio.

El pájaro abrió las alas con la suavidad de una avioneta de papel, notó el viento en el pecho, el aire congelado en los pulmones, la noche clavándose en los ojos.

Un instinto prematuro y repentino le abrazó justo a tiempo, y se vio volando entre los paneles eléctricos y los edificios de oficinas. Sólo entonces supo que lo había logrado.

Y aún hay quien se cree que el primer vuelo de un pájaro es sencillo… Como si retar a la muerte fuera cosa de niños.




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