Desencuentro

por Evaysol

Hacía horas que caminaba por la casa como si ir y volver el mismo camino llevase a alguna parte. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer. Es increíble pero, a veces, es difícil saber cuál es el equilibrio entre sinceridad y estrellarse a mil kilómetros por hora contra una pared de realidad. Y todos saben cuán dura puede ser la realidad. E implacable.

Se mordía el labio inferior, el último vestigio que quedaba de su tranquila niñez, mientras elucubraba sobre lo que él venía a hablar.

Seguramente que habían sido irresponsables, que no era momento para compromisos, que se habían equivocado, que no la quería perder como amiga.

Amiga, como si pudiera a estas alturas seguir sosteniendo ese papel fraudulento quemándose, al mismo tiempo, de pasión viéndolo reír.

No iba a permitir otra herida, ya eran suficientes  e intuía que las palabras de él aplastarían la bendita esperanza, la condenada esperanza.

Cuando oyó el sonido de la puerta el estómago se le llenó de amargura y miedo, esa sensación extraña entre vacío y peso del que sabe que anda rondando el dolor y que es inútil escapar.

Se mordió una vez más el labio y se encerró en el baño, aunque no era partidaria de prolongar agonías o engañar al destino, decidió: hoy no.

Del otro lado de la puerta, después de esperar en vano, él comprendió que no era bienvenido y se marchó lentamente con el agobio de llevarse un “te quiero” atorado en la garganta.




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