SIRENAS NUEVAS

por Isona Clarck

Helena se inunda con una facilidad pasmosa.

Quienes la conocen bien saben de sus rincones acuosos, de sus deliberados mares, de las tormentas y huracanes precipitados a los que se arroja en plena noche sin otra necesidad que la de sentirse zarandeada en plena calma, por la intensidad de algún viento, que en su interior hace de los sentimientos abisales su única tabla de salvación.

Nada contracorriente y naufraga estrepitosamente desde muy pequeña.

A veces sus cantos de agua envuelven a algún osado Ulises que no ha dejado de creer en las sirenas, y en ese instante puede imaginar que en todos los hombres vive un dios perdido, que se ha mutilado la inmortalidad de los cielos para emerger en la sangre como el trueno callado de una huida, de una búsqueda, de un mundo de apasionados héroes en los que ya nadie cree.

María escribe al otro lado de la pantalla y Helena sabe que a pesar de estar tecleando apenas un par de monosílabos  puede percibir el rastro de agua que la última grieta de su imaginación ha dejado derramada en el pasillo.

Teme que en algún momento su amiga quiera llamar Pablo a todo ese charco de pulso desbordado que la refleja junto al portátil, tiembla al pensar que ella le llamaría hoy fracaso, ausencia, miedo, vacío de un “lo que no ha sucedido” aterrador.

Nada emerge ni sobrevive a lo no cometido, ni la fiera, ni el volcán, ni esa sirena herida donde Helena se inunda para sobrevivir.




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