PATRICIA

por Patricia Richmond

Se llamaba como yo.

La estuvieron buscando durante mucho tiempo. Recorrieron la carretera, registraron el bosque, rastrearon el río, pero no apareció.

Su sonrisa iluminaba los días grises, dicen los ancianos cuando alguno la recuerda a mitad de partida de dominó. El cartero suspira cuando llegan cartas a su nombre y Orosia, la tendera, llora quitando el polvo de las cajas de té verde que ya nadie compra.

Los niños saltan de sus asientos cuando se abre la puerta del aula inesperadamente, por si es ella. Todos tienen preparado lo que quieren contarle, lo que han aprendido, lo soso que es el maestro sustituto, lo que la añoran.

Acaban de encontrarla en una borda abandonada, allá, donde los prados altos, perfectamente descuartizada. Sólo falta el corazón; se lo llevó el lobo como trofeo.

Soy la única capaz de ayudar a los investigadores. Sólo yo vi la cara del culpable, pero no entienden mis indicaciones para dibujar su retrato robot.

Para mí se ha convertido en asunto personal y, por eso, no descansaré hasta encontrarle: porque me llamo como ella, la eternidad es mía y no tengo corazón.

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