DESPERTARES

por Ricardo García

Atravesando la penumbra puedo ver un temprano rayo de sol que me señala, imperioso el camino. Colándose a través de las rendijas de la persiana y naciendo de tu garganta, se desliza perezoso y lento como mi mirada, pasando entre tus pechos orgullosos, haciendo brillar el fino vello de tu piel a la altura del vientre, para ofrecerse, finalmente, a una dulce muerte entre la tibia y húmeda oscuridad que, adivino, se esconde entre tus piernas adormecidas, como la más dulce promesa de placer. Imagino tu mirada observándome y te veo mientras muerdes tu labio en ese gesto que tanto me gusta.

En este breve instante entre el sueño y la vigilia, la ofrenda silenciosa de tu cuerpo en mi cama es un reclamo para mis adormecidos sentidos que, humanos al fin y al cabo, tardan unos pocos segundos en llegar a despertar del todo. Cuando lo consiguen, es para ofrecerte mi orgullosa presencia endurecida, rindiendo pleitesía a la muda y acogedora insinuación de tu deseo.

Pero justo cuando mi enhiesta urgencia se encamina hacia el feliz destino entre tus cálidas sombras, suenan los golpes en la puerta, despertándome bruscamente. Mi madre entrando en la habitación como un huracán enfurecido, cantando en voz alta lo tarde que es; levantando la persiana de golpe y obligándome a realizar una maniobra urgente dejando, de un salto apresurado mi enhiesta euforia, retorcida y doliente bajo mi cuerpo.

Que duros son algunos despertares…




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