QUIERO SER JACK KEROUAC

por Sergio Sarria

Con 20 años quería ser Jack Kerouac. O al menos una suerte de Sal Paradise y Dean Moriarty. Quería tener un pitillo cosido a los labios, litros de bourbon cocinando a fuego lento una futura cirrosis en el hígado y un mapa de carreteras ajado de la Ruta 66 dentro de la guantera. Quería tener amigos excéntricos y trastornados, conocer a poetas malditos y borrachos, a proxenetas refinados, a prostitutas ingeniosas, a boxeadores mediocres que se ganan la vida como chaperos en los baños de una apestosa gasolinera en las afueras. Quería dormir en moteles remotos de la América profunda. Quería drogarme hasta perder el control. Quería escuchar música jazz, ser un experto en Be Bop. Quería ser el epítome del escritor. La quintaesencia de la bohemia. Quería ser un cliché colosal de un metro y 76 centímetros.

Con 20 años quería ser Jack Kerouac y decidí cruzar España a bordo de un autobús, recreando de algún modo la épica de sus viajes. La fantasía se alargó hasta que paramos en una estación de servicio. La música de Cadena Dial se propagaba a través de los altavoces como gas mostaza sobre el pasaje, que aturdido, solo acertaba a hacerse selfies. Con 20 años descubrí la farsa: Kerouac no era un gigante, solo un turista armado con una moleskine en lugar de con Instagram. Debajo de la careta de la generación Beat no había más que un grupo de jubiladas de Sepúlveda. Así que me di la vuelta, queriendo ser anodino.




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