31 octubre - Paula Román

31 de octubre

Me dice la voz que a dónde voy con esa careta, si todavía no es Halloween. Y yo, que ya nos voy conociendo, ahogo sus comentarios con alguna canción que suena en la radio y sigo con mi rutina. Escojo mi disfraz del día. ¿Qué me apetece aparentar hoy? Tengo una variedad muy extensa. La que siempre sonríe, la que no tiene nada de lo que preocuparse, la que se quiere a sí misma… Ese es mi favorito porque es el que más le gusta a la gente y, a veces, cuando la gente se lo cree, pienso que hay un indicio de realidad en toda esa mentira. Si es a ojos de otros, cuenta, ¿no?

Me pongo los zapatos, aunque me duelen un poco y los pantalones bien apretados, que se note que estoy más delgada.

Cuando paseo por la calle alguno que otro se gira y me sonríe y yo me agarro bien fuerte la careta para que no se me caiga, no me gustaría decepcionar a ese desconocido viandante. Suelo salir de caza, a ver si me llevo a casa algo de calor que me endulce las pesadillas. A veces cae uno, otras dos para que me dure más de una noche. Es como una droga, que engancha y obsesiona mis movimientos. Cada vez necesito más.

Esta noche el bálsamo dura menos de lo previsto y corro de nuevo a esconderme. En las paredes de mi cueva bien decorada me despojo de las mentiras, de las cadenas que inmovilizan la bestia. La voz se ríe, me mira con desprecio. Sabe que no me resistiré, que no pelearé como hacía antes, que ya no me merece la pena. Me dejo ir, permitiendo que su risa entre para quedarse, que me oprima el pecho. Le cedo mi cuerpo y me reduzco un poco más, hasta que en la cama hay sitio de sobra para todos los demonios.

Dejé de arrepentirme hace tiempo por haberme rendido, por haberme permitido la cobardía de soltar el volante. Ahora lo único que espero es que el siguiente golpe me deje KO y no sea capaz levantarme hasta que amanezca. Mañana es 31 de octubre y no se me ocurre nada que dé más miedo que ir sin disfraz.