Elisenda Romano - Quemapagina

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Estaba sentada en la cafetería, a punto de levantarse y disparar a la camarera que
debía cerca de diez de los grandes. La pistola le temblaba en la mano y su vista iba
desde la taza de café vacía y destripada al cabello oscuro y rizado de la camarera. Me
miró. El aliento se me atragantó en la garganta y juro que a ella también le cambió el
rostro de color. Asomó la pistola por debajo de la mesa.
—¿Qué haces? A mí no, a ella, estúpida —susurré.
—No puedo, la quiero —murmuró con los ojos trenzados por una lágrima que no
caía.
Clavé la pluma en el papel y escribí. Se levantó, caminó, un poco torpe, pero
caminó, arrastrando los pies, alzó la pistola. Un grito se desató por los cristales
cubiertos de sol.
—¡Así muy bien! —exclamé yo.
La camarera se giró. Sonreí. Le apuntó.
—Por favor —suplicó ella.
—Sí, ¡ruega todo lo que quieras! —Reí.
Las dos me soltaron una mirada ácida. Me callé y seguí escribiendo. Le temblaba
la mano, la mirada se le cuajaba entre el rostro de la camarera y el arma. Disparó. Me
disparó. La herida de mi pecho era un pozo rojo que escupía al revés.
—¿Cómo terminaré la novela? —sollocé.
—No te preocupes, que ya la termino yo.
Lancé los papeles al aire y te apunté con el arma.