Carmen Cano - Alba roja

Alba roja

Piedad esperó tras la puerta las primeras luces del alba. Abrió con sigilo y se encaminó a la fuente, en la salida del pueblo. En poco tiempo se reunió un pequeño grupo de mujeres que, al doblar las campanas, echaron a correr a lo largo del río hasta alcanzar el puente. Lo atravesaron sin hablar, sin aliento, sin mirarse.

Al final del estrecho camino de tierra estallaron los primeros gritos. Cinco hombres, como cinco robles caídos -hijos, maridos o novios-, yacían ensangrentados. Sus hombres, sus muertos.

Piedad se arrodilló junto a Elías, le cerró los ojos y lo abrazó, colocando el torso en su regazo. Con ternura le abrochó los dos últimos botones de la camisa. Lo besó y acarició incapaz de repetir otra palabra que no fuera su nombre. Más tarde le quitó la alianza y la guardó en el pecho, de donde sacó el pañuelo para limpiarle la sangre con gesto inútil.

Así permanecieron durante horas, hasta que las sombras de los soldados y los cipreses se alargaron contra la tapia blanca del cementerio.

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