Elisenda Romano - Amigas

Amigas

Nos reunimos en una trattoria italiana de las caras. No voy a negar que me sorprendió bastante. La tenía por una punkarra que como mucho se sentaba en el bar de la esquina a pedir pinchos. En cambio, iba vestida con un LBD que la envolvía como al zurullo que era. Me senté frente a su pareja, un hombre veinte años mayor que ella con el cabello rizado entrecano. Hacían una pareja pésima y no me extrañaría que se divorciaran. 

Me dijo que se alegraba de verme y todas esas chorradas que se dicen cuando ha pasado una década. Yo sonreía, apretando bien las comisuras, fingiéndome alegre. La muy zopenca también me sonrió. No paraba de hablar, ni siquiera cuando sirvieron el postre: lágrima de chocolate cubierto de polvo de plata. 

—¿Lo has traído? —me dijo. 

Yo le tendí un manuscrito encuadernado en plástico que apestaba  a papel viejo. Era una novelilla predecible de hombres lobos que ella había escrito durante el instituto. Se había puesto en contacto conmigo para saber si por casualidad aún tenía la copia. 

—La he corregido. —Sonreí—. Tenía un montón de faltas de ortografía y sintaxis. Yo que tú la quemaría. No doy un duro por esta historia.

Ambos rieron. 

—Bueno, mujer, es normal, la escribí con quince años.

—Hay historias de hombres lobo a patadas —le dije. 

—Sí, pero ninguna es real. —Sacó de su bolso un libro negro.

En la portada había un ser deforme y peludo con los dientes chuecos y las uñas largas y amarillentas. El corazón me batió contra el pecho al ver su nombre escrito en color plata. Me costaba respirar. 

—Tranquila, ya invitamos nosotros —dijo él. 

Salieron del restaurante, yo les seguí, pero la vista se me iba al suelo. Tosí, casi asfixiada, hasta quedarme sentada en la moqueta. Intenté coger aire pero solo conseguía comprimir mi garganta hinchada. 

Mientras los camareros llamaban a la ambulancia, abrí el libro por el final y leí las últimas palabras del libro: 

—¡El polvo de plata!