Amor toda costa - Javier Dominguez

Amor a toda costa

Comprendo que nadie entendiera mi decisión de marcharme a vivir a la playa, no todos están dispuestos a dejar las comodidades urbanas y mucho menos por amor.

No puedo negar que añoro el agua caliente de la regadera o el aire acondicionado. Ahora vivo en una casucha en la playa. Por el sur tengo a la autopista, por el este y el oeste los manglares, y por el norte el mar de Amada.

Cada tarde voy a la playa y me siento a contar las crestas de las olas mientras ella llega. Hoy conté trescientas ochenta y dos crestas cuando salió del agua.

Fue por Amada por lo que abandoné todo. Hace tres años muchos me interrogaron por mi súbita afición a la playa, como no podía desvelar el secreto, sólo dije que había conocido a una mujer única.

Nuestro romance no fue sencillo, claro. Yo no sabía nadar ni ella caminar, por lo tanto, al principio sólo nos veíamos en la orilla de la playa. Luego ella me enseñó a nadar y a respirar bajo el agua. Amada me llevó a conocer su casa en el Mar Caribe, comimos plancton y escapamos de los pescadores. Luego yo le enseñé a caminar, le mostré mi choza y comimos tostones con ajo.

Pero hace unas semanas nos confiamos de la soledad de los manglares y decidimos vernos en plena tarde. Nos metimos bajo el aire espeso de las plantas, fue quizás el oleaje y la espuma lo que llamó la atención de unos turistas en lancha, quienes al vernos jugueteando nos fotografiaron. Luego vinieron la prensa, los curiosos y los oportunistas que deseaban cobrar para ver a Amada. Fue divertido al principio, pero después apenas podíamos vernos entre tantos entrometidos, por eso la cité hoy para participarle mi decisión definitiva e irrevocable.

Ella me mira con sus inmensos ojos plateados. Sorprendida porque he decidido marcharme, marcharme de esta choza y seguirla hasta el fondo del mar.

¿Podía ser de otra forma? Esas cosas suceden cuando se vive un amor a toda costa.

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