Roman Camas - Antes gigantes arena

Antes de los gigantes de arena

“Sólo queda una habitación libre en el Hotel Amnistía”. Recuerdo que me lo dijo con la boca pequeña, como si mi rechazo a la propuesta dependiese del volumen de sus palabras. Pasó furtivamente la lengua por su labio superior, con una mezcla de esperanza y terror en los ojos, como cuando un niño logra por fin ver la película de terror que le han prohibido desde la rendija de la puerta del salón: se estaba relamiendo de su posible éxito mientras sentía escalofríos por lo que estaría por llegar.

Estábamos en el Bar Redención, ambos con dos o tres copas encima y yo con otras tantas dudas por debajo. El dulce helado de zalamería escarchada con virutas de afecto amargo de una hora antes había surtido efecto, habiéndonos dejado con buen sabor de boca. Sin embargo, poco podía hacer en aquel instante con el puntiagudo silencio que su oferta habría arrastrado tras de sí.

Y es que yo únicamente quería dar un ingenuo paseo por la ciudad sin tiempo. Quizá el último por interminable. Al menos, antes de que apareciesen los presagiados y advenedizos gigantes de arena y dejasen el lugar completamente desierto.

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