Sergio Linde - Augurio

Augurio

Fausto respondió a otra llamada de su hermano.

—Estoy ocupado, por favor, déjame en paz. Hablamos cuando haya terminado.

Al otro lado de la línea se escuchaba una voz ronca y dubitativa:

—Fausto, todo se puede arreglar. Eres una persona muy fuerte y saldrás adelante.

—Estoy dándole vueltas a la cabeza.

Toño se mostraba desconfiado, notaba a su hermano muy distante. Esa misma mañana había salido del hospital y su apatía le dejó muy preocupado.

—Hermano, puedo ayudarte. Confía en mí.

—Estoy dándole vueltas a la cabeza —respondió de nuevo, como ausente.

Los infortunios de Fausto se habían multiplicado en los últimos meses tras perder a su esposa repentinamente y sufrir un grave accidente de tráfico que le produjo secuelas de por vida y que, además, le costó el empleo. Una espiral de fatalidades que le martirizaba desde que en Navidad una gitana pretendiera leer su mano en plena calle Mayor y él se negara con un manotazo. La gitana, visiblemente molesta, le dirigió unas duras palabras. Ese fue el origen de su mala fortuna, o al menos él estaba convencido de ello.

Había ruido de tráfico y gritos.

—Dime dónde estás y te recojo de inmediato —la voz de Toño cada vez sonaba más angustiosa y desesperada—. Si es por dinero puedes contar conmigo para lo que necesites. Y si es porque te sientes solo, puedes venir a mi casa un tiempo.

—Estoy dándole vueltas a la cabeza.

Los gritos se volvieron más intensos y numerosos.

—No hagas ninguna locura. Ahora estás nervioso, pero todo irá bien. Hemos salido de otras situaciones complicadas.

Sonido de sirenas acercándose. 

—¿Qué estás haciendo? —insistió Toño.

Esta vez no hubo respuesta.

—¿Qué estás haciendo, Fausto?

Fausto colgó, dejó de dar vueltas a la cabeza de la gitana y la introdujo satisfecho en una papelera.