Elisenda Romano - Autorretrato

Autorretrato

Solo había una persona en toda la residencia a la que pudiesen interesar mis bochornosos autorretratos: Él. Cuando entré en su habitación ni me miró, permaneció con las piernas cruzadas y el pincel rascando el lienzo de tamaño descomunal. Un olor a trementina me llegó mezclado con el óleo. La luz era un vapor suave que iluminaba su pelambrera morena a lo Jim Morrison, de hecho juraría que sonaban los Doors cuando levantó la mirada y sonrió. Lo sabía. Me senté a su lado y observé el cuadro en el que estaba trabajando: un retrato de mujer.

—¿Cuándo vas a pintarme como a una de tus chicas canarias?

Él dejó el pincel a un lado, alzó el dedo índice para escrutarme como solo hacía con las modelos que más le gustaban.  Me rozó la frente y bajó por la nariz hasta la punta. De la nariz saltó a mi pómulo y lo presionó como si fuese un melocotón. Cerré los ojos y me guie por el tacto de su dedo, que bajó circunspecto hasta mi labio, donde hizo una pausa entre suspiro y suspiro. Mi boca formó una perfecta “o” para presionar su yema que escapó de mí como un relámpago asustado.

—Nunca. —Cogió el pincel.

Un escalofrío me arañó en lo más duro del vientre. Abrí los ojos como puñetazos y le contemplé envuelto por el atardecer y el polvo que entraba por la ventana. Junto a ella, debajo de la cama, estaba mi carpeta.