Sergio Linde - Boda fatal

Boda fatal

Sólo quedaban unos minutos…

…Y ella enseguida atravesaría la puerta de la catedral, tan guapa como siempre, ese día mucho más.

Yo esperaba en el altar. Tenía algo importante que decirle, y lo haría en presencia de todos.

Pude habérselo dicho mucho antes, pero como no me atreví, el día de la boda me pareció una buena ocasión.

Me reía para mis adentros al pensar en la reacción de sus hermanas y de sus tías, o al imaginar el gesto de pavor de su madre. Aunque el plato fuerte sería el padrino, su padre, tan flaco como estúpido, y que, con suerte, caería redondo al suelo y se desnucaría al escucharme.

Por fin apareció. ¡Qué hermosa!

Nuria se aproximaba con paso lento pero firme, al ritmo de la marcha nupcial. Tan elegante que parecía que hubiera ensayado ese momento desde niña. Su madre lloraba.

Cuando llegó al altar se detuvo. Estaba tan cerca que casi la podía tocar. Se echó el velo hacia atrás y contemplé, una vez más, a escasos centímetros su incomparable belleza y la perfección de los rasgos de su rostro.

Me enterneció. Sin embargo, no era el momento de acobardarse. Lo que iba a contar le asustaría, y asustaría a todos, pero la decisión estaba tomada.

Aguardar a su presencia en el altar podría parecer obsceno, despiadado, sádico; y quizá, realmente lo fuera. Esperé paciente las palabras del cura:

—Diego, ¿quieres a Nuria como legítima esposa para honrarla y respetarla hasta que la muerte os separe?

Y reí.

Reí lo más fuerte que pude. El estridente sonido rebotó en las paredes de piedra de la catedral ante el asombro de todos. Un invitado huyó acobardado y otro se escondió tras una columna. Los demás se quedaron tan pálidos como el cuello clerical del sacerdote.

—Cariño, soy Jacinto —dije mientras la sombra de mi fantasmal figura cubría el interior de la enorme cúpula y parte de las paredes—. El veneno que tu madre y tú pusisteis en mi sopa no funcionó. Lo que me mató fue un infarto.

El novio cayó al suelo y yo marché satisfecho.