Javier Dominguez - Caravana

Caravana

Una parte de la caravana se quedó en esta luna.

Oxígeno, calor, agua, treinta horas de luz, treinta de oscuridad, cuatrocientos vueltas a una estrella, órbitas elípticas, ciclos, la certeza de las huellas de la luz.

Los colonos construyeron la aldea en forma circular, levantaron torres coronadas con discos flotantes desde los que se veían las tormentas de arena y – para protegerse de las tormentas -, construyeron los muros. 

O al menos eso se cree.

La circunferencia se convirtió en el símbolo de la aldea y los muros en su materia. Dentro de los muros estaba la vida, el agua, los huertos, el calor, fuera de ellos nada.

Así pasaron varios ciclos de arduas labores y hubo quienes empezaron a discrepar de las creencias circulares y quisieron explorar la luna en los camellos mecánicos que se usaban para transportar cargas.

Hubo discusiones, gritos, caos, condenas – herejes, rebeldes – y por supuesto, revueltas.

La fuga se hizo inevitable, yo mismo les ayudé a robarse los camellos. Subieron a sus lomos mecánicos y se marcharon. 

Pasaron muchos ciclos de aquello, nadie me supo cómplice, nadie me supo héroe, ahora ellos son leyenda, cuentos para dormir a los niños. 

Algunos ancianos dicen que es imposible que hayan sobrevivido, que los consumió el desierto lunar, otros dicen que no. En fin, toda esa discusión me aburre, por eso me voy a mi torre a ver el desierto, desde ahí, las voces se vuelven rumores y apenas me molestan. 

Uno de esos días, al alejarme del bullicio y subirme a la torre a otear el horizonte con mi catalejo, vi a lo lejos puntos grises, sombras que crecían. Las observé hasta que se convirtieron en las leyendas que les contaban a los niños. Con sus pasos lentos y mecánicos, de rótulas mil veces reparadas ¿Quiénes venían en el lomo de aquellos aparatos?

Quizás aquellos, que ahora eran otros, aunque fuesen los mismos.