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Carta a una hija

Querida mía,

Sé que te he decepcionado pero te pido que me dejes explicarme. O, al menos, diculparme.

Perdóname por no ser el mejor ejemplo y ni esa imagen perfecta que desde tu mirada infante buscas incansablemente para verte reflejada. Aunque los padres debamos ser perfectos para nuestros hijos, irremediablemente no lo somos e, incluso, llegamos a ser peores.

Perdóname por quizá no haber escogido a la pareja perfecta para cuidarte junto mí. Hay tantos extremos a tener en cuenta, que la suma de todos ellos me abruma sin reparo.

Perdóname por dejarte esta sociedad acomplejada y embotelladora y no haber sido capaz de cambiarla para un futuro que ya es, más que un regalo, simple presente.

Perdóname por dejarte estos cielos apagados, estas lluvias tiritonas, estas nubes descoloridas, estos paisajes oxidados y estos mares claroscuros.

Perdóname por dejarte un mundo sin justicia ni educación, pero con un manual de instrucciones imperfecto hecho por personas imperfectas y que rebosa etiquetas, prejuicios y titubeos.

Perdóname por esos depredadores noctámbulos, y cada vez menos crápulas, con los que fútilmente combatimos con un insecticida caducado y medio vacío.

Pero, sobre todo, perdóname si decido que, por todo ello, lo mejor es que no existas.

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