Cicatrices - Felix Aguilar

Cicatrices

Esa noche de 1937, en una de las ciento doce camillas del hospital de campaña, el cabo Segismundo Sistiaga, con una venda que le cubría los ojos, se planteaba la posibilidad de que no estuviéramos solos en el universo. A sus dieciséis años le apasionaba la astronomía, los planetas y todo aquello que tuviera que ver con galaxias lejanas. Los gritos de los demás heridos por metralla, balas y morteros le sacaron de su ensimismamiento. 

—¡Enfermera! —gritó Segismundo— ¿Puede traerme un vaso de agua, por favor?

La enfermera, cuyo uniforme estaba salpicado de sangre y el sudor brillaba en su frente, le acercó un vaso de agua. El cabo Sistiaga la bebió de un trago y se lo agradeció a la enfermera, a la que rozó la mano sin querer. Le pidió si podía acariciarle la cara para dibujar su rostro en la mente. Ella asintió y tímidamente se acercó para que él, con sus manos, sintiese la piel que llevaba dos noches enteras sin dormir. 

—Es usted la mujer más hermosa que he tenido el placer de dibujar con mis manos.

—Muchas gracias —dijo ella ruborizándose- Ahora descanse, que mañana le trasladan a Madrid.

En ese preciso instante, una bomba cayó sobre el hospital de campaña, inundando la noche de gritos ensordecedores y un olor a pólvora que impedía respirar. Segismundo Sistiaga yacía sin vida sobre el hombro de la enfermera, también sin vida. Cuando encontraron sus cuerpos, el doctor reconoció a la mujer por el nombre bordado en su uniforme. Estrella.