Silvina Gabriela - Minificción historia

Cómo se entrecruza el microcuento con la historia, la mitología y la literatura

El microcuento y la historia

Si en la primera parte de este artículo hablábamos de la ficcionalidad como rasgo propio del microcuento, en esta segunda parte abordaremos la minificción desde su vertiente histórica, desde su cruce con hechos relevantes de la historia.

Veamos algunos ejemplos de relatos que juegan con hechos históricos:

La trama

Para que su horror sea perfecto, César, acosado a pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las casacas y los aceros la de Marco junio Bruto, su protegido, acaso su hijo y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): Pero ¡ché! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

Jorge Luis Borges

 

Bitácora alternativa

Hace miles de años, éramos los dueños de estas tierras, hasta que llegaron los invasores y nos las quitaron. Tuvimos que adaptarnos, esperando el momento de la venganza. Algunos olvidaron nuestro verdadero origen. Otros mantuvimos el recuerdo. Hasta que por fin, en este Año del Señor de 1492, retornamos a las tierras que un día fueron nuestras, para recobrarlas y vengarnos…

Daniel Salvo


 

El microcuento y la mitología

Las sirenas

Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido si bien dulce canto de las sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos, y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar…

José de la Colina

El reflejo

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! –les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! –prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? –preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? –dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
-Si yo lo amaba –respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía en sus ojos el reflejo de mis aguas.

Corazonada

—Rápido —dijo—, arrojad a ese río las cenizas del Fénix.

Antonio Cabrera


 

El microcuento y las obras literarias

A la salida del infierno

-Dante: Adiós, dulce maestro.
-Virgilio: ¡Cómo! ¿Y el Purgatorio? ¿Y el Paraíso?
-Dante: ¡Para qué! Quien conoció el Infierno ya no tiene ningún interés en el Purgatorio. Y respecto al Paraíso, sabe que es la ausencia de infierno.

Marco Denevi

 

La verdad sobre Sancho Panza

Con el correr del tiempo, Sancho Panza, que por otra parte, jamás se vanaglorió de ello, consiguió mediante la composición de una gran cantidad de cuentos de caballeros andantes y de bandoleros, escritos durante los atardeceres y las noches, separar a tal punto de sí mismo a su demonio, a quien luego llamó don Quijote, que este se lanzó inconteniblemente a las más locas aventuras; sin embargo, y por falta de un objeto preestablecido, que justamente hubiera debido ser Sancho Panza, hombre libre, siguió de manera imperturbable, tal vez en razón de un cierto sentido del compromiso, a don Quijote en sus andanzas, y obtuvo con ello un grande y útil solaz hasta su muerte.

Franz Kafka (1883-1924). Praga


 

El microcuento y los modelos de discursos

Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:
-Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Javier Quiroga G.

OPUS 8

Júrenos que si despierta, no se la va a llevar -pedía de rodillas uno de los enanitos al príncipe, mientras éste contemplaba el hermoso cuerpo en el sarcófago de cristal-. Mire que, desde que se durmió, no tenemos quien nos lave la ropa, nos la planche, nos limpie la casa y nos cocine.

Armando José Sequera

Más vale pájaro en mano que cien volando

Eso le enseñaron. Lo mamó desde la cuna. Lo oyó desde sus primeros pininos. Se hizo carne en él. Entonces dejó volar los noventa y nueve pájaros y apretó fuerte, bien fuerte, el que tenía en la mano. El pájaro murió asfixiado.

Isidoro Blaisten

Currículum vitae

A menudo un dictador es un revolucionario que hizo carrera. A menudo un revolucionario es un burgués que no la hizo.

Marco Denevi. Argentina

Fábula

Y los ratones hicieron una alianza y la serpiente de cascabel le puso el cascabel al gato.

Jairo Aníbal Niño

Caso

La cabra encontró unas hojas de La Ilíada y se las comió. Pero no baló en verso.

Álvaro Yunque (1890-1982). Argentina

 

Hay que dedicar un momento en especial para relatos breves (microficciones o no) para aquellas historias en que la observación de la realidad toma un protagonismo especial. A veces por el ángulo de la mirada, a veces por llevar la situación al absurdo que la hace aún más creíble, en ocasiones porque se juega con lo cultural (literario o no) que nos rodea:

 

El sueño

Soñé que un niño me comía. Desperté sobresaltado. Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato.

Luis Mateo Díez

Padre nuestro que estás en los cielos

Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza…
-¿Dónde está tu padre? –preguntó.
-Está en el cielo –susurró él.
-¿Cómo?¿Ha muerto? –preguntó asombrado el capitán.
-No –dijo el niño-. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.
El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

José Leandro Urbina. Chile

Fantasma tradicional

En mitad de la noche, la sábana se despertó y salió a trabajar.

Eugenio Mandrini

 

Y para ir cerrando esta colección, les dejo una leyenda apócrifa (puesto que surge del universo mitológico que crea nuestro autor) como muestra de otras formas en que se manifiestan los elementos que pueden jugar en nuestros discursos minificcionales (da lo mismo si de una o varias líneas, a gusto de críticos y lectores).

En la próxima entrega nos las veremos con los juegos lingüísticos y otras cuestiones (mucho más habituales de lo que pueden sonar en este preciso instante):

 

Leyenda de las dos calles

Hay en el barrio del Ángel Gris dos calles –nadie sabe cuáles- que son las calles de la vida y la muerte.
Son aparentemente paralelas y no deberían cruzarse jamás.
Pero un día cada siete años, un día que nadie conoce, las dos calles se entrevistan en secreto y forman una esquina mágica.
En esa esquina hay un buzón carmín.
En el buzón hay mil cartas. Dentro de uno de los sobres hay un papel azul y en el papel hay una palabra, una sola, escrita con tinta sutil.
En esa sola palabra se condensa todo el saber del universo.
Dentro de los otros sobres hay otras palabras, pero son palabras falsas, que sólo sirven para engañar y confundir a los hombres.
Hay que acertar la calle y reconocer el día exacto y la hora precisa para llegar a la esquina secreta.
Hay que abrir el buzón y adivinar cuál de las mil cartas es la verdadera.
Es difícil.
Los hombres sensibles de nuestro barrio lo saben.
Saben también que aun teniendo la inmensa suerte de encontrar la esquina y la carta, no podrían leer la palabra, pues la tinta se borra con la luz.
Saben también que es probable que la palabra no signifique nada para ellos.
Pero día tras día, noche tras noche, la muchachada camina y recamina las calles del barrio buscando la palabra secreta.

Alejandro Dolina. Argentina

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