I CERTAMEN DE MICROCUENTOS CAFÉ MAURICE

Concurso de Relatos Cortos Café Maurice

PatrocinadorAlliance Vending

I CERTAMEN DE MICROCUENTOS CAFÉ MAURICE

Si hay algo más placentero que disfrutar de un buen café, es hacerlo acompañado de una agradable lectura. Numerosos escritores han manifestado su hábito de tomar café mientras escribían, por no hablar de la figura del café como elemento clave en las reuniones de escritores de todos los tiempos. Por este motivo, hace unos días lanzamos el I Certamen de Microcuentos Café Maurice en colaboración con Alliance Vending. El objetivo de este certamen ha sido el de difundir las letras y el amor por la escritura y la lectura y hacerlo en relación con el mundo del café. Gracias a vuestros relatos, hemos podido disfrutar de “una pausa agradable”. Por eso queremos premiaros junto a Alliance Vending de una forma muy especial.

Relato ganador

Después de mucho café con relatos y de difíciles decisiones, solo podía haber un ganador del reto. El ganador ha sido el cuento ‘193 cafés’ de Manuel Pociello, y así lo hemos anunciado en nuestras redes sociales.

«193 Cafés»

por Manuel Pociello

«El reloj se paró a los 87 años. Mercedes le soltó la mano solo porque le obligaron sus hijas. Él cerró los ojos al tiempo que se abrieron sus cuentas bancarias. Adolfo había sido bastante cicatero, su mujer nunca se lo reprochó. Tuvieron una vida holgada bajo la soledad de un empresario infatigable que vivía para trabajar. La familia nunca había viajado más allá de la capital provincial. —Mercedes, cariño, viaja, viaja, lo siento… —fueron las últimas palabras de una cabeza que ya llevaba varios días volando libre—. Mercedes viajó y, en contra del criterio de sus hijas, lo hizo sola y desconectada. Tras varios meses de ausencia, denunciaron su desaparición al Ministerio de Asuntos Exteriores. Pasaron cuatro años cuando Mercedes regresó. Sus hijas abrazaron a una mujer morena que, por todo equipaje, únicamente llevaba 193 polaroids hechas mientras tomaba café en cada uno de los países donde había estado.»

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Relatos finalistas

Los finalistas han sido los relatos ‘Aromas’ de Arábica, y ‘Cafetería de pedidos espectaculares’, de V. Pulido. ¡Enhorabuena a todos!  Puedes leer los relatos ganadores en el blog de Alliance Vending.

«Aromas»

por Arábica

«Iba a prepararme un té, pero me vinieron a la mente aquellos cafés largos, con una nube de leche, con los que pasábamos las tardes de los sábados planificando nuestra vida entre sorbo y sorbo. A veces, tú abogada, yo, farmacéutico y los dos, propietarios de un adosado en Madrid —o en Barcelona—, y de un descapotable. Otras, yo profesor. Tú funcionaria. Ambos arrendatarios de un ático luminoso, y dueños de un par de bicis. Mi taller, tu peluquería, nuestros tres hijos. Luego recordé que tras unos años de casados, nos pasamos al escueto café con leche, y que al final, cuando ya sabíamos que yo fui vendedor de seguros y tú cajera, y que nunca llegamos a salir del barrio, solo compartíamos algún domingo, un cortado después de comer. Terminé haciéndome un expreso, sin azúcar, y con hielo, antes de irme a hacer las maletas.»

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«Cafetería de pedidos especulares»

por V.Pulido

«En la cafetería de los pedidos especulares te traen directamente un café según tu estado de ánimo. Recuerdo que, cuando la timidez me invadía en aquella cita, me pusieron un cortado; cuando todo se fue al traste, por estar amargado me lo ponían solo; y por no hablar de la de veces que, enfadado, me habré tomado uno con mala leche. Y es curioso, como en la pizarra de aquel local el dueño había escrito: «Aquí no se leen los posos del café; estés de paso o con razones de peso, pisando el cielo o en el pozo, es él el que te lee a ti.»»

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Relatos Seleccionados

Para este concurso tan especial, hemos contado con una amplia participación. 447 relatos procedentes de 21 países diferentes nos han hecho disfrutar del placer de la lectura. Queremos agradecer a todos los escritores por su participación. Sin vosotros esto no tendría sentido.

¡Puedes leer todos los relatos finalistas aquí!

1.- «Frente al café»

por Carlos Díaz

«Me tomo un café y tú me tomas el pelo. Tanto temblor en tu voz, tanto hacer nudos con tus cabellos y acariciar tus anillos. Tanto esquivar la mirada hacia las prisas de la calle o hacia la luz de tu teléfono. Tanto rascarte el cuello, tu falda y tu taza. Te tengo calada; disimulas de pena. Me engañas desde hace tiempo: estás enamorada perdidamente de mí. Pero sigo tomando en silencio mi café, sigo dejando que me tomes el pelo mientras te digo lo mucho que sube el paro en nuestra ciudad y pienso en lo verdes que son tus ojos verdes y en las ganas que tengo de comerte.»

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2.- «El café no es lo que parece»

por Vanessa Torres Ortiz

«Habíamos quedado esa tarde para tomar un café. Marta, Míriam y yo. La casa de Marta nos pareció buena idea. La conversación fluía y las risas al mismo tiempo. —¿Qué te ocurre, Míriam? —pregunté cuando vi cómo sus ojos se volvían blancos. Ella no respondió No respondía y su mirada se encontraba pérdida, sin luz, sin alma, sin nada. En ese instante fijé mi visión en su taza de café. Se lo había bebido todo. Sentí un ardor en mis brazos y comencé a ver borroso. Miré mi taza de café, yo también me lo había bebido. En el último momento fijé mi mirada en Marta… Ella sonreía y nos contemplaba; yo me desplomé, cayendo con mis brazos justo en mi taza de café.»

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3.- «LA CASA»

por Marinela López Bécares

«Cuando entramos en la casa, todo estaba a oscuras. El suelo crujía bajo nuestros pies y sólo se oía el eco de nuestros pasos. De pronto, un olor a café invadió el ambiente. —¿Hueles eso? —pregunté a Esteban arrugando la nariz y agarrando su brazo al mismo tiempo. Antes de que pudiera contestar, apareció ella en la sala y encendió una luz. —Os estaba esperando. El olor a café me ha delatado, ¿verdad? —dijo con dulzura. Se sentó junto a la ventana y apoyó una bandeja en la mesita de centro. —Nada resulta tan acogedor como el olor a café recién hecho —susurró mientras servía en dos tazas de porcelana azul. No tenía rostro y la grabadora seguía recogiendo el silencio de aquella casa oscura y abandonada mientras olíamos a café recién hecho.»

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4.- «Silencios»

por Sergio Capitán

«Todo ocurrió en la trinchera de nuestro rincón favorito de aquella cafetería situada junto a nuestras clases de teatro, escenario de tantos ensayos a deshoras. Parapetado tras una columna, por fin me había decidido a dar el definitivo giro de guion a nuestra historia. Pero se hizo un silencio de esos que gritan. De pronto, tu sonrisa perpetua se había quebrado, mientras tus ojos reflejaban una amalgama de sensaciones, de las que capté al menos dos, sorpresa y decepción. Apuré el último sorbo de un café solo sin azúcar, fiel reflejo de la vida que me esperaba, y dejé un par de monedas antes de echar a andar calle abajo, con los hombros encogidos, las manos en los bolsillos, la mirada nublada y el ánimo en mínimos históricos. Entonces el silencio se interrumpió, mientras gritabas: “Sí, quiero” y rompías a reír. En las mesas de al lado arrancaron los aplausos.»

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5.- «Siete tazas de café»

por Félix Aguilar

«Siete tazas de café irlandés y seis balas. Aquella disputa por el territorio más fructífero de la ciudad había atraído a los capos más influyentes. Solo uno de ellos se haría con el trofeo. El bar había echado el cierre para que todo quedara en el más absoluto secreto. Lo que ahí dentro ocurriese, jamás se sabría. Tras la entretenida charla de los mafiosos, contándose batallitas, llegó el momento crucial. No temían a la muerte, pues la habían mirado demasiadas veces a los ojos. Cuando el líder de la zona sur de la ciudad cogió el arma, la cabeza de uno de ellos cayó de golpe en la mesa. Y así, uno tras otro, los siete, murieron antes de que una sola bala saliera de la pistola. Entonces, el camarero, cogió el teléfono, marcó un número y cuando descolgaron, dijo: ‘Ya está hecho, papá. Todo es nuestro’»

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numero.- «Título del cuento»

por María Loreto Corbi

«El camarero trajo dos cafés y los depositó delante del hombre que había estado casado conmigo durante más de veinte años y de la que había sido mi mejor amiga. No poder tomar café me deprimía, pero, sobre todo, los celos me provocaban una angustia que no hubiera creído poder sentir. Comprendía que mi marido quisiera rehacer su vida, al fin y al cabo yo me había ido, pero no tan pronto y, sobre todo, no con ella. Se besaron y sentí rabia, una rabia sin motivos ya que sabía que ambos me habían sido fieles mientras duró mi matrimonio, pero mi cólera era más intensa precisamente por no tener razón de ser. Sentí deseos de golpearles y hacerles tanto daño como ellos me estaban haciendo a mí, pero los fantasmas somos inmateriales y, al fin y al cabo, yo llevaba casi ocho meses muerta.»

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7.- «Paciencia serial»

por Camilo Montecinos

««Disponemos de tiempo para todo», me dijo con total serenidad. Admiraba su forma de enfrentar las situaciones, por muy dificultosas que parecieran, siempre con una absoluta parsimonia y calma que rozaba muy de cerca la frialdad. Y tenía razón. Alcanzamos a descuartizar el cuerpo del niño, tomarnos un café y ver nuestro programa favorito de los viernes.»

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8.- «Casualidad»

por Javier García Carbajo

«—Qué casualidad, esa chaqueta era de mi novio. Una desconocida se me acaba de acercar a la mesa del Café Maurice mientras tomo mi capuccino. Me parece atractiva y supongo que quiere ligar conmigo. La chaqueta la compré hace un par de semanas en una tienda de segunda mano. —¿Cómo sabes que era suya? —pregunto con una sonrisa. —Porque tiene un parche en el costado, justo donde se clavó el cuchillo. Murió en la puerta de este café. La desconocida se marcha y yo siento un escalofrío. Busco en el móvil ‘asesinato café maurice’ y encuentro una noticia de hace menos de un mes. ‘Matrimonio asesinado en la entrada de café. La esposa recibió un corte en el cuello y el marido fue apuñalado en el costado. Los servicios médicos no pudieron salvar sus vidas. Algunos testigos vieron huir a una mujer del lugar del crimen.’»

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9.- «IMPLACABLE»

por Pilar Alejos Martínez

«Tras condenarlos a muerte por alta traición en un juicio sumarísimo, ordenó sin pestañear su ejecución inmediata. De nada sirvieron los servicios prestados, ni su entrega incondicional ni su lealtad demostrada durante años. Desoyendo sus súplicas, uno a uno, fueron arrojados al vacío sin piedad. Cuando todo terminó, se asomó desde arriba para comprobar que ninguno de ellos hubiera escapado a su destino. En ese instante supo que había infligido un castigo excesivo a sus soldados. Se le inundaron los ojos de remordimientos ante aquella imagen dantesca. Había cometido un terrible error. Se sintió abatido. La culpa se deslizó por sus mejillas mientras contemplaba sus restos aplastados sobre el asfalto. Comprendió que no eran traidores. Tan solo aprovecharon un momento de descanso para tomar un café en compañía de su hermana y sus muñecas. »

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10.- «Los posos de café»

por Araceli González

«Entró en la cafetería una mujer esbelta, su melena caoba ondeaba al compás de sus pasos. David se quedó totalmente paralizado al verla, era la mujer más hermosa que jamás había visto. Ella se giró hacia su mesa y sonrió tímida. Todo le atraía hacia ella y aquel gesto le hizo tomar la iniciativa. Terminó su café y se dirigió a conocerla, sin darse cuenta que el poso de su taza advertía que hoy la muerte iría a buscarle. Ella colgó su capa negra en el perchero de la entrada, a escasos centímetros aguardaba apoyada sobre la pared su guadaña.»

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11.- «Lluvia»

por Mariana Aran

«El paisaje es el mismo. Idéntico el sabor del café. Igual mi rostro en el cristal. Los franceses lo llaman déjà vu. Esa sensación de: ya estuve acá, esto ya pasó. Sin embargo hay un detalle fuera de foco, como si la foto fallara. No llueve. Y yo recuerdo bien las gotas pesadas, cambiando las formas a través del vidrio. No llueve, y aquella vez no paraba. Hoy, en cambio, solo veo un cielo plomizo, que amaga un chaparrón pero no acierta. Dudo, entonces. No sé si empezar, o no, a sentir el dolor de la pérdida. Porque no llueve, es cierto. Pero el bar es el mismo. Idéntico el sabor del café. Igual mi miedo en el cristal. Y cuando te miro fumar nervioso, pitadas cortas, esquivando mis ojos, espero las palabras frías a cuchillo: “Ya no te quiero”. Pero afuera, como si oyeran mi rezo, sale el sol.»

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12.- «Artificio en la trama»

por LuciaMC

«Absorta en el aroma del café, sin prisa, hacia girar la cucharilla. Me desmayé. Seis noches estuve estirada sobre la alfombra roja de la habitación. Durante ese estado de coma, me vi suspendida de la nada en medio de una bandada de cuervos que, con ojos voraces, acechaban la ciudad. Yo, angustiada, miraba atónita como el asfalto de la ciudad se resquebrajaba y mujeres y hombres caían en aquellas profundas hendiduras. Los gritos, como aullidos irreales, desgarraban el aire. Inconsciente, como estaba, solo podía observar con lágrimas secas aquel apocalipsis. Al séptimo día desperté. En la calle algunas personas miraban desconcertadas. De las hendiduras crecían árboles y sobre los coches descompuesto flores silvestres. El canto de unas aves rasgo el silencio, dejándome confundida en un presente dudoso… Absorta en la lectura, cerré los ojos, saboreé el primer sorbo de café y giré la página. »

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13.- «A salvo»

por Lady Smirnoff

«’Es hora del café”, le dice al oído. Coloca la taza en el piso, se arrodilla y pasa el brazo por detrás del cuello de la chica. La sangre ya está seca. Su mano se pierde en la maraña de cabello. Va deslizándola con cuidado hasta sentir la hendidura, profunda, grave. ”Ya no duele” dice y aproxima el rostro hasta los labios inertes y pálidos de la muchacha. La besa con demora, recorre los labios fríos con su lengua. La abraza. ”Ahora estás a salvo entre mis brazos. Te protegeré siempre” y la aprieta más contra sí. La deposita con suavidad en el sofá. La observa detenidamente. Le besa las mejillas, el cuello. ”A salvo” repite y entierra su cabeza en aquel largo cabello y le recorre el rostro con la mano. ”Descansa” susurra y se arrodilla de nuevo para beber el café.»

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14.- «INSTANTES»

por Liesse

«Se ha dado cuenta, pensó. Desviando la mirada para ocultar su rubor floreciente, imploró para que el vapor que emergía de las tazas tejiera una cortina de humo densa y suficiente. Disimuló camuflándose en las risas que la acompañaban a la mesa. Esperaba con ilusión aquel momento del día, la pausa diaria en la jornada laboral en la que se aunaban el aroma del café, las palabras compartidas y aquellos ojos, esos de los que ahora huía para buscarlos en el siguiente descuido furtivo. Se ha dado cuenta, pensó. No pudo evitar una sonrisa al reparar en sus mejillas encarnadas. Aquel diálogo mudo repleto de sensaciones liberaba su corazón amordazado por la rutina, las facturas y los problemas de los chicos. Removió el oscuro líquido en el que advirtió su propio reflejo, iluminado por un destello brillante regalado por aquellos instantes fugaces. Lo miró. La miró. La historia continuó. Quizá.»

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15.- «Cafeterapia»

por Enrique de Paz

«Me gusta disfrutar del café en compañía de mis pacientes. Quiero creer que el delicioso aroma ayuda a establecer un clima de confianza mutuo en este lugar tan desprovisto de calidez humana. En realidad el único que lo toma soy yo. Ellos aguardan sin prisa a que termine de leer sus respectivos informes. Para saber por qué están aquí los acribillo a preguntas y someto a toda clase de pruebas. En ocasiones, sobre todo si me toca lidiar con niños, el diagnóstico me deja un regusto más amargo que el cortado de la máquina expendedora. Otras veces, el expediente que cae entre mis manos resulta tan fascinante que no llego ni a tocar el vaso. Y a menudo, cuando mis pacientes me cuentan el final de su historia, me quedo tan frío como ese café intacto, frío como la mesa de acero inoxidable donde les realizo autopsias.»

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16.- «La cocina de Caronte»

por Alicia Adam

«La inspectora Gutiérrez aguardaba en la barra de la cafetería Caronte esperando a que le preparasen un termo de café. Pagó una moneda de dos euros. Mientras abría el termo para beber un trago recibió un aviso de la central. Miró con resentimiento al termo y aplazó el golpe de nitidez que otorgaba la cafeína. Gutiérrez atravesó el cordón policial. —¿Recuerdas el caso de La cocina de Caronte que ocurrió en Londres hace dos años? —preguntó el forense. Ella asintió. —El cocinero incluyó veneno en los alimentos y mató a casi un centenar de personas. La víctima presenta las mismas supuraciones. Gutiérrez alzó la vista y vio al agente Sandoval dando un trago a su termo de café. —¡No! —gritó. Sandoval la miró y se disculpó con la lengua trabada. Parpadeó con lentitud. Se retiró sangre de los ojos antes de caer al suelo.»

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17.- «EL ÚLTIMO CAFÉ»

por super_mire

«Las costumbres adquiridas a lo largo de los años era difícil perderlas. O eso pensaba Gaspar, que siempre desayunaba un café con leche muy caliente acompañado de una tostada con queso mientras leía el periódico. Era metódico y cuadriculado y todo ello casaba perfectamente en su puesto de director financiero en una gran empresa. Dejó de parpadear al tiempo que derramaba el café sobre sus pantalones. Ese titular le había dejado en shock. Comenzó a abrir cajones y a sacar papeles. Rompía algunos, otros los reservaba. El teléfono sonó y respondió con brusquedad. —Sí, lo he visto. Nos largamos. Colgó sin esperar respuesta. Una décima de segundo más tarde escuchó tres enérgicos golpes en la puerta. Dio un paso atrás cerciorándose de que había llegado el final. En ese momento, la puerta se vino abajo dejando entrar a un puñado de policías y guardias civiles. —Está usted detenido.»

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18.- «Tres vueltas de llave y un pestillo»

por Marina Burgos

«Un sonido atronador me despierta de un sobresalto. Hay tormenta. La tenue luz que se cuela por debajo de la puerta hace imposible discernir qué hora es, pero debe de haber amanecido, porque él se ha levantado y ha preparado café. Puedo olerlo. Mientras la lluvia repiquetea tímidamente pienso en cuánto me gustaba el olor de la tierra mojada. Sólo espero poder volver a olerlo alguna vez. El crujir de las escaleras bajo su peso me saca de mi ensimismamiento, poniendo todo mi cuerpo en alerta. Tres vueltas de llave. El pestillo hacia la derecha. Ahí está. —Buenos días preciosa, ¿has dormido bien? —asiento cabizbaja –Me alegro. –sonríe y deja a mis pies una taza de café. Sin decir nada más, desaparece tras la puerta. Tres vueltas de llave. El pestillo hacia la izquierda. Vuelve la oscuridad y me quedo en silencio, mientras una lágrima me recorre la mejilla.»

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19.- «La espera»

por Sam Sullivan

«No podía limitarse a esperar, por eso había acabado allí. Sentado en aquella fría cafetería, absorto en sus pensamientos. No sabía nada de ella, ¿estaría bien? Es difícil esperar a alguien a quien amas. Tomó con cuidado su café y distraídamente pasó los dedos por el borde del vaso. Trató de recordar todos los momentos vividos con ella: sus paseos por la playa, cuando se quedaba dormida entre sus brazos o su sonrisa al despertarla… Volvió a mirar a su alrededor, sin saber cuánto tiempo llevaba esperando. Seguía intentando dejar de pensar, pero no funcionaba. La vibración de su teléfono lo sacó de sus recuerdos. La pantalla le confirmaba que era ella. Tomó el teléfono con manos temblorosas, dejó escapar un profundo suspiro y esperó a que sucediera. ‘Papá, ha ido todo bien. Tu nieta está deseando conocerte’.»

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20.- «AMOR PARA TODA LA VIDA»

por LEO FREIRE

«Remuevo el azúcar y entra por la puerta. Dejo la cucharilla en el platillo y cierra el paraguas. Me acerco el pocillo a los labios y comienza a elevar su mirada. Inhalo el humeante aroma tostado y sus ojos se clavan en los míos. Viene hacia mi mesa y percibo su recorrido por mis labios y cómo se esparce por toda la lengua inundando de placer todo mi cuerpo. Cuando más lo saboreo, en su plenitud, sin previo aviso, se detiene, duda y mira hacia otra mesa. Reconoce a alguien, a quien saluda y me resisto a perder el sabor de su poso en el paladar. Toma asiento en la otra mesa y vuelvo a coger la cucharilla para remover el azúcar y me doy cuenta de lo bonito de nuestra historia, duró un sorbo, de amor para toda la vida.»

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21.- «El último desayuno»

por Leonardo SánRam

«Es invierno y dolerá olvidarte. El café se ha enfriado mientras desayunabas mi boca en un intento por detenerme. “El problema es que hueles a cigarro. Es un perfume que está en peligro de extinción”, dices aún desnuda sin tomar en cuenta que los mejores años se nos han escapado. “Cuando ya nadie fume, ¿qué me quedará de ti?”, reclamas. “El aroma del café en el desayuno”, respondo y acabo con la taza; “si no te basta, te queda el insomnio, la música antigua y el libro de cuentos que te regalé por tu cumpleaños”. Entonces, empiezas a vestirte y luego miras la puerta. Comprendo. Te dejo la colección de discos y mi biblioteca; también la ropa de verano que jamás utilicé. Te obsequio mi radio obsoleta y, sobre todo, la estatuilla de Marx que tanto detestabas. Lo único que me llevo es el abrigo. Finalmente es invierno.»

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22.- «Cita a ciegas»

por Francesco Profilo

«La reconocí nada más entrar en el bar. Su belleza era innegable, hasta más que en las fotos. Parecía tener sobre ella la luz de un foco, una luz que resaltaba todos los detalles de su hermosura. Pasé lo suficientemente cerca como para oler su perfume y tomé asiento a un par de mesas de distancia de la barra donde ella estaba tomando un café. Yo pedí lo mismo para mí. Cuando se levantó, la miré a los ojos por unos segundos. Ella no me hizo ni caso y salió del bar sin mirar hacia atrás. Me acerqué a la barra para pagar mi café. Con un movimiento rápido me metí en el bolsillo la tacita que acababa de utilizar aquella mujer. Yo entonces ya estaba seguro que ella había matado a su marido. Pero su saliva era la última prueba que necesitaba para llevarla delante de un juez.»

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23.- «Una sola palabra»

por Héctor Olivera Campos

«—Así que usted es uno de esos morbosos que ha venido a visitar el hospital de tuberculosos —preguntó tras la barra la camarera del solitario y desvencijado café, una señora de edad madura, bajita, cabezona, de rostro avinagrado y rictus de desprecio. —¡Vaya decepción! Está abandonado y hecho un asco —respondió el cliente apurando la taza de café. —¿Y qué esperaba? —Inspiración, soy escritor. —¿Y necesita merodear por lugares tétricos para inspirarse, no le basta con su imaginación? -Se nota que usted no es escritora y no entiende nada de procesos creativos. Ahora, por ejemplo, debo presentar una historia de terror para un concurso, con un límite de ciento cincuenta palabras. —Una sola palabra basta para describir el horror. —Dígamela. —Arsénico. —¿Arsénico? —He envenenado el café que se está tomando. —Se trata de una broma, ¿verdad? La camarera sonrió de manera enigmática: —Querido, muy pronto lo sabrá.»

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24.- «Dulce rencor»

por Susana Illera Martínez

«Esperó inmóvil tras la puerta durante siete minutos para asegurarse de que no la seguían. Giró siete veces el pestillo, como de costumbre. —Inhala, exhala. — contó hasta siete. Sentada en la mesa de la cocina, miraba absorta la pantalla de su celular, cerró los ojos justo a tiempo para evitar ver el reloj marcar las 7:07. Se mordió los labios y el rencor, y mientras afilaba siete veces su cuchillo, bebió el café que endulzó con su última lágrima.»

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25.- «Síndrome de soledad n»

por Amy Maia

«—Café con leche —dijo entre sorbos—así solía tomarlo cuando estaba con mi novia. —¿Tú tenías novia? —Sí, yo vivía en un lugar apartado y me sentía bastante solo, pero una noche ella llegó en busca de auxilio. Había tenido un problema con su auto, así que le ofrecí pernoctar y al no tener más opciones, aceptó. Más tarde entré en la habitación para observarla dormir. Me acerqué demasiado y perturbada por mi insolencia, abrió los ojos de golpe. Comenzó a gritar de forma muy desesperada. La apreté fuertemente contra mi pecho y los gritos cesaron. Esa noche y el resto de las noches de invierno yacimos juntos, hasta que un día me arrancaron de sus brazos y me trajeron aquí. No he vuelto a ver a Lizzy. —¿Lizzy, te refieres a Elizabeth Rivalta? —Exacto. —¿Esa no es la chica que asesinaste? —Nunca mencioné que estuviera viva.»

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26.- «El aroma del café»

por Miry Calabrese

«La llovizna fría mojaba la tarde, las hojas del otoño se acurrucaban en las esquinas y el viento jugaba enredando su cabello. Caminaba de prisa, el aroma a café la incitó y ella se dejó seducir. Se sentó en la mesa más alejada junto a la ventana para disfrutar del delicioso sabor, dio una mirada al entorno y fue entonces cuando los vio. Ajenos al mundo él la abrazaba y besaba, ella lo dejaba hacer. Dos lágrimas de impotencia resbalaron por su rostro y se fundieron con el café. Los veía como quien ve una película. Apretó fuerte la taza, bebió el último sorbo y salió del lugar como si huyera de sí misma. Echó a correr bajo la lluvia, tal vez así el dolor y el engaño no pudieran atraparla.»

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