Sergio Linde - Confesión

Confesión

—Usted asegura que Dios lo ve todo —afirmó el joven al viejo sacerdote, arrodillado en la intimidad del confesionario. Su voz sonaba tan fría que asustaba.

—Dios es espíritu, omnipotente —dijo el religioso convencido. Y escuchó cómo el joven hacía crujir los dedos de sus manos.

—Padre, y si Dios lo ve todo, ¿por qué para Él no es una prioridad proteger a las buenas personas?

—Los caminos del Señor son inescrutables. ¿Por qué piensas eso, hijo?

—Por mi hermano Jorge. Él era muy buena persona. Siempre estaba dispuesto a ayudar y todos le querían…

El sacerdote enseguida supo a quién se refería, él mismo ofició su funeral. Sintió una inmensa tristeza.

—Sé de quién hablas. Pobre chico.

El joven ignoró el comentario y prosiguió:

—Aquel lluvioso día de noviembre, estábamos los dos solos en casa. Cogí un punzón para cuero del taller de nuestro padre y le asesté siete puñaladas en su gran corazón. ¿Dónde estaba Dios para evitarlo?

El sacerdote no encontró una respuesta para aquella malintencionada pregunta. Quedó tan impresionado con el relato que un visible tembleque se apoderó de su vetusto cuerpo, se trataba de la confesión más dura que jamás le habían realizado.

—Padre, usted, como Jorge, también es buena persona —susurró el joven mientras se ponía en pie y sacaba un punzón para cuero del bolsillo de su chaqueta.