Sergio Linde - Crees en fantasmas

Crees en fantasmas

—Jaime, ¿estás ahí?

No podía escuchar nada, pero sentía a alguien cerca, de esas veces que sientes una presencia al lado y, sin embargo, no hay nadie.

Nadie.

Pasaba mi última noche en Galicia en un pequeño hostal rural de un pueblo costero, alejado del estrés navideño de Madrid.

Era de madrugada. Se había ido la luz y buscaba a Jaime, que fue quien me recibió horas antes, a mi llegada.

Con la única ayuda de la linterna del móvil, bajé las escaleras y llegué a tientas a la recepción. No había nadie y la puerta que daba al exterior estaba cerrada con llave. La oscuridad y el pesado silencio me provocaron una fuerte sensación de desasosiego.

—Hola —susurró alguien.

Me giré y, donde antes me pareció que no había nadie, vi sentada a una joven de pelo largo y aspecto casi adolescente. Se levantó y se acercó. Estaba descalza y vestía una bata.

—Me has asustado —susurré.

—No te preocupes, le pasa a más gente.

Era muy atractiva y tenía una sonrisa encantadora. Me confesó que de madrugada a menudo se iba la luz. Después charlamos un rato en la penumbra y regresé a mi habitación. Me dormí pensando en ella.

Al día siguiente, bajé temprano a desayunar y me crucé con Jaime en el hall:

—Pasa al salón. Linda ha hecho unos bollos riquísimos —me dijo guiñándome un ojo y sonriendo.

Así que se llama Linda y, además de ser tan guapa, cocina bien, pensé.

No probé los bollos, pero resultaron ser la excusa perfecta cuando, una vez hube desayunado, regresé al hall.

—¿Dónde está la cocinera? Quiero felicitarle personalmente —propuse a Jaime con la intención de ver de nuevo a la joven.

Él rio y señaló a una señora mayor que regaba unas plantas junto a la puerta.

Decepcionado, pregunté:

—Entonces, ¿quién era la chica que estaba anoche en recepción? Me gustaría despedirme de ella.

Jaime y la señora se miraron, pálidos. Ella puso la regadera sobre una silla y me preguntó:

—¿Una joven muy hermosa que iba descalza y en bata?

Asentí.

—¿Crees en fantasmas?