Curación etérea

por Agustina Bloom

“¡Tengo sed de fuego!”, decía corriendo por las calles con sus ojos cerrados. “¡Tengo sed de fuego!”, gritaba más alto y sus pies descalzos estaban embarrados. Llegó a una esquina donde nadie y donde nada. Se sentó pacíficamente. Empezó a llover a cántaros. Muy fuerte llovió, tan fuerte que sus pies se purificaron y sus ojos se abrieron. “¡Tengo la sed curada!”, vociferaba bien alto regresando a casa. Ya sin sed, ya sin barro. Sus ojos estaban tan abiertos y profundos, que hasta podría decirse que se trataba de un sueño lúcido.




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