Azul

por Alberto Piernas

Fátima había decidido poner punto y final a todo. Simón lo supo cuando entró en el apartamento y la vio recogiendo todas las botellas de brandy vacías. Después, su mujer se encerró con su hijo Nacho en una habitación para hablar con él. Parecía haber tomado una decisión definitiva.

Aun así, Simón intentó pedirle perdón cuando salió de la habitación. Ella se giró lentamente, como quien escucha un sonido lejano, antes de retomar sus quehaceres con lágrimas en los ojos.

Simón la siguió, inspirando la estela de mariposas negras que dejó su pelo implorando una segunda oportunidad.

Pero Fátima ya no podía más. Se había cansado de todas aquellas noches sola junto a su hijo; aquellas en las que Simón llegaba con el aliento apestoso cantando recitales militares antes de tropezar con la mesa. Su marido bien sabía todo eso, en aquel momento más que nunca, quizás porque después de mucho tiempo, por fin estaba lo suficientemente sobrio como para reconocer sus propios errores.

Mientras la seguía, le pidió también perdón por todas las horas que pasó junto a otras mujeres, las noches deambulando harto de alcohol o los amaneceres en los que, apurando un último trago, se buscó a sí mismo entre las dunas de la playa cercana.

Finalmente, cuando vio a Fátima en el sofá y quiso abrazarla, también recordó cómo aquella mañana había penetrado en el océano para regresar a la orilla tan ligero y azul como el mar.




Azul
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