Llovía en Vietnam

por Alberto Piernas

Aquella noche, mientras estaba con Mr. Price, Mai vio hojas de palmera brotar de las paredes. Había aprendido a dejar su mente volar y recuperar la imaginación que perdió desde aquel aterrizaje en Nueva York cuatro años atrás. En la mesilla de noche lucía un pasaporte falso, y el caro kimono que Mr. Price le había comprado estaba colgado en el perchero de aquel hotel de cinco estrellas al que iban una vez por semana. A su acompañante le gustaba estar con ella por sus manos de seda, por esa voz de princesa atrapada en un bosque de bambú. Mientras le besaba el cuello, Mai vio las palmeras crecer más y más, abrazando el techo, reproduciendo aquella tarde de lluvia en Vietnam. Ella tenía quince años y volvía a casa con una cesta de papayas que su abuela le había dado. Comenzó a llover fuerte y corrió, hasta que un joven apareció con una hoja de bananero a modo de paraguas dispuesto a acompañarla de vuelta a casa. Un trueno, un beso. Dolor. Para cuando Mr. Price entró, el maquillaje de Mai ya se había desdibujado y la habitación era un pedazo de selva. Y mientras, imaginó que era un joven pálido el que entraba en ella susurrándole cosas al oído. En los últimos meses, y durante once minutos, solía recurrir a aquel momento. Quizás porque fue el único de su vida en el que el mundo no le pareció un lugar cruel.




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