Tres horas con Sita

por Alberto Piernas

Sita nunca había montado en avión, hasta que sus padres la enviaron al sur de la India para casarse con un marido que aún no conocía. Por su parte, Theo nunca se había planteado viajar solo hasta que un divorcio le llevó a volar al otro lado del mundo para encontrarse a sí mismo. Por azares del destino, ambos terminaron sentándose uno al lado del otro en aquel avión que tardaría tres horas en alcanzar la India tropical.

La primera frase entre ellos surgió cuando Theo le preguntó por qué el avión tardaba tanto en aterrizar. Poco después, aprovechó para preguntarle qué significaba el lunar amarillo pintado en su frente. Sita le contestó que era el llamado “tercer ojo” de una forma tímida pero cómoda, resultado de una situación en la que nadie más la conocía.

Fue un vuelo lleno de turbulencias, pero sus conversaciones irradiaban una calidez que Theo nunca había experimentado en los amigos, amantes y creencias de la vida que había dejado atrás. Quizás porque había algo especial, familiar incluso, en aquella mujer que le contaba historias acerca de mares dulces y dioses con cabeza de elefante. De viejas almas que volvían a encontrarse en otras vidas.

Al aterrizar, y tras un silencio extraño, ambos abandonaron el avión hasta perderse entre el gentío sin apartar sus miradas.

Meses después, mientras su marido dormía, Sita solía recordar aquellas tres horas en las que un hombre desconocido apretó su mano durante un vuelo con turbulencias.




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