Paloma

por Caracola

Nada parece haber cambiado salvo el color de que están pintados los bloques de apartamentos. Me siento en el viejo banco de acero troquelado y levanto mi vista hacia el balcón del segundo que queda enfrente. Ahí está ella, cigarro en mano y  camisola atemporal que lo mismo sirve para la playa como para acercarse al mercado.

“Han pasado demasiados años desde que nos dejaste, y no ha sido hasta hace poco que he empezado a sentir la necesidad de volver a charlar contigo, que a tu regazo, regresaría a diario. La vida es más dura de lo que tenía previsto. Aunque de eso seguro sabes mucho.

Porque es con el paso de los años que me siento más cerca de ti. O quizás con la capacidad de entender, o de dar forma a todo aquello que en la infancia sin más asumimos.

Te lo explicaré. Entonces, por ejemplo, esos días en los que papá daba un portazo que resonaba no solo en las paredes de casa, como cuando yo jugaba a repetir la palabra eco en el portal, sino también en los mecanismos que activan el miedo, yo a lo más que llegaba era a alinearme con él.

Me he escapado, abuela. Como hacías tú. Sin marido, sin nietos, sin nadie. Lo que hicieras esos días, solo a ti competía. Igual solo salías al balcón, y fumabas, como ahora. Así te recuerdo.

Ya, ya sé. No he venido sola. Pero él también necesitaba huir y ambos tu bendición.”

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