Café de domingo

por Carlos Aymí

Si a los quince no crees poder salvar el mundo mejor muérete, pero si a los treinta sigues intentándolo y si a los cuarenta y cinco no aceptaste la derrota, serás poco más que un paria. Creo que haberla visto influye en mi ánimo. Con seguridad escribo lo que escribo desde un café con sabor a domingo.

Que siga tan rubia y tan guapa es un capricho de los dioses. Que yo no supiera qué hacer al verla es un hecho. Que fuera ella quien me preguntase desde su sonrisa si sigo igual de valiente, ha ocurrido. Que yo le dijese que no, que ahora leía a Schopenhauer, también.

Iba bien acompañada, yo solo. La conversación empezó banal, mis latidos la guerra. Tal vez podía haber vuelto a suceder de nuevo, el otro solo era más rico, más joven, más atractivo, pero no tenía mis ojos ni nuestras noches. Ella lo entendió, se le transparentó la duda. Yo se la cerré. Solo tuve que ser yo y decir.

Decir que tenía que sentarme a escribir que la había visto y que me seguía doliendo. Que tal vez en otra vida, pero que en esta, dos veces iba a ser demasiado. Me besó en la mejilla, me abrazó el alma que no tengo y me dijo al oído que siempre fui su mejor error y su peor acierto. Y se fue con el otro. Y me quedé con estas líneas y con un café que me sabe a todos mis demonios.




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