Las estaciones

por Carlos Aymí

Se soltó del embrión un día de verano, llegó con la lengua por perfilar, unos ojos incansables color cielo y un cuerpo que era la fragilidad hecha carne. A todas horas ansiaba el refugio materno y cuando le negaban ser corona, cetro y trono, se regodeaba en un llanto inmarcesible.

Un otoño descubrió la adolescencia y comprendió un puñado de cosas incompatibles con una vida rutinaria; como que la escritura solo sirve para todo, que el sexo es energía nuclear, que el insomnio acecha, atrapa y sacude o que Dostoievski guarda en sus libros la bala que mató a Dios.

El invierno de su madurez le trajo sacos enteros de dudas y alguna que otra certeza. Supo así que la decepción es un buen estiércol, que los amores van y vienen, pero nunca se quedan, que salvarse no es una opción posible, y que no hay manera de querer en su justa medida, porque no hay medida ni justicia.

Morirá cualquier día de primavera. Lo sabe su sangre, sus huesos y su piel. En sus cicatrices lleva tatuado el sabor agridulce de la vida. En sus recuerdos no es el héroe, pero tampoco el villano. En su cercano último aliento dirá, que si no puede haber un paso más, que al menos, no haya un paso menos.




Las estaciones
Vota este contenido

Microcuento.es respeta la privacidad de sus datos

Si continúas navegando, aceptas nuestras cookies y las de terceros, no necesarias para la navegación, con finalidades de afiliación, analíticas, publicitarias y comportamentales. Más Información sobre la política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies
Agustina Bloom - Dialogo distanteRicardo Garcia - Al final todo salió bien