Regénesis

por Carlos Aymí

Adán soltó el puñetazo como quien respira. Sabía no dejar huella en las costillas. Luego, como tenía por costumbre, dijo dolerle el golpe más que a nadie. Terminó por recordar todo lo que supuestamente hacía por ambos.

Eva se levantó del suelo como tantas otras veces, pero distinta. La ansiedad fue menor, el miedo más pequeño, las lágrimas se secaron antes. Tampoco sintió culpa y tras retarle valiente con la mirada, se dirigió a la puerta.

Adán le dijo que no se atrevería, le gritó que iba a arrepentirse, que afuera solo hay soledad, oscuridad e invierno. Eva tembló de dudas, sin embargo, no miró atrás, no se detuvo, cruzó el umbral.

Derretir el miedo no es fácil, que la justicia y la ley no se den la mano paraliza, pero Eva sintió un aleteo imparable. Afuera la luz era casi digestible, la brisa campaba entre los manzanos, su reloj de arena volvía a tener sentido.




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