​Arcángeles interestelares

por Carlos Sevilla

Trataron de impresionarlos haciendo posar la nave sobre una explanada entre los Alpes suizos. Desplegaron para ellos una alfombra púrpura, que combinaba con las flores y contrastaba con la nieve de las montañas. Según lo solicitado, todos los líderes globales estaban allí, ansiosos, ordenados de acuerdo al tamaño de su ego.

Pero los visitantes eran inmunes a los rangos. Ellos ya conocían las historias. Estaban al tanto de unos mandatarios que presumían sus armas nucleares como niños petulantes. Sabían que en la fábrica en la que se tejió aquella alfombra trabajaban menores despojados de su infancia.

Habían sobrevolado una inmensa isla de basura que flotaba en el Pacífico y vieron imágenes del último oso polar, extenuado de tanto nadar en búsqueda de un témpano.

Al aterrizar y abrir la compuerta, una luz encegueció a los gobernantes por varios segundos. Cuando pudieron abrir de nuevo los ojos, empezaron a vagar desorientados, tropezando entre sí.

Entre la multitud, un joven musulmán daba traspiés, entorpecido por un holgado traje y una larga corbata. Un agricultor famélico, arropado por una guayabera roja, sostenía un pantalón demasiado ancho en su cintura. Una mujer asiática Procuraba abrirse paso envuelta en un traje Mao negro, todo desparramado.

Tardaron en percatarse de que cada líder había sido transmutado en quien más antagonizaban. Los pocos que siguieron siendo ellos mismos contemplaban estupefactos aquel espectáculo.

Es que en realidad los viajeros no habían venido desde tan lejos a hacer turismo. Cruzaron la galaxia para salvar a la Tierra de nosotros.




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