Burbujas piadosas

por Carlos Sevilla

Ver las burbujas desplazándose calle abajo era un espectáculo. Algunas aceras habían sido ensanchadas para acomodarlas mejor. Las mejores zonas de la ciudad estaban cubiertas por una inmensa cúpula, por lo que podía prescindirse del abultado traje con forma de muñeco de globos.

Respirando el límpido aire bajo los domos, algunos compartían historias sobre lo que habían visto afuera: “Parecen bestias, peleándose por una bocanada de aire puro”.

Como algunos habían pronosticado, el ciclo se repitió una y otra vez. Lo que en un principio parecía un recurso inagotable, pasó a ser cada día más escaso, hasta llegar a ser el privilegio de unos pocos. Lo mismo que ocurrió con la harina, con las medicinas, sucedió también con el aire.

“La atmósfera comunal de este vecindario es decente, pero nada como lo que respiramos en casa. Son unas bombonas que trajimos desde los Alpes. No puedo dormir bien si no es respirando aire suizo”, decía doña Clementina, mientras sorbía un poco de té chai. “¿Cómo hace la gente que respira aire público?”

“Amiga, sé que el traje de burbuja es espantoso pero, ¿qué piensas hacer cuando tengamos que ir al centro? ¿Vas a respirar eso? Además, recuerda que no sólo es respirarlo. Va a estar en contacto con tu piel”, decía mientras hojeaba un catálogo de Manolo Blahnik.

Las damas se bajaron de la van blindada. Subieron con dificultad las escalinatas del orfanato, haciendo rebotar sus trajes como pompas de jabón.

Aquella noche doña Clementina dormiría sin remordimientos.




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