Cuidado con lo que deseas

por Carlos Sevilla

Aquella noche, luego de ver a la gitana, marcaría el comienzo. En la mañana despertaría en el pasado, veinte años atrás. A la medianoche volvería al futuro, a lo que había sido su presente. Veinticuatro horas más tarde, regresaría de nuevo al mismo día remoto, atrapado en un bucle que parecía no tener fin. Viviría esos dos lapsos una y otra vez, como una versión alternativa de “El día de la marmota”.

La primera vez que estuvo de vuelta buscaría a la profetisa para desmontar el embrujo, pero la feria había desaparecido. Aquella visita pertenecía a un espacio- tiempo que le era ahora inaccesible.

Cada iteración implicaba cambios, como si algunas intromisiones cometidas quinquenios antes pudiesen acarrear repercusiones con el devenir de los años. Una vez tropezó con un señor atareado con unos documentos y al amanecer se levantaría para descubrir que el bar cerca de su casa había sido reemplazado por un museo de cera.

Pero lo esencial permanecería intacto a pesar de sus intentos por contrabandear su certeza del futuro. El empresario sin escrúpulos que vociferaba en el café de la esquina, viviría siempre intoxicado de soberbia. El político que hacía promesas perniciosas seguiría repitiendo el mismo discurso décadas después. Tanto esfuerzo por hacerse pasar por periodista y confrontarlo con hechos punzantes sería en vano.

Le tomó varios ciclos entender que el intrincado tejido de su destino había empezado a hilarse desde hacía siglos. El hechizo finalmente se deshizo cuando una tarde se encontró consigo mismo y pudo perdonarse.




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