Desconectados

por Carlos Sevilla

Nadie sabe cómo ocurrió. Ni los expertos pudieron encontrar una explicación. Algunos culparon a la saturación producto de la circulación de millones de vídeos impulsados por la vanidad y el afán por la inmediatez de la noticia. Lo cierto es que una mañana, en aquella ciudad, los dispositivos que nos acercan a los que están lejos y nos alejan de los que están cerca, dejaron de funcionar. Pensaron que la falla tomaría minutos resolverse. Cuando transcurrieron días y la anomalía persistió, algunos consideraron intolerable vivir así, desconectados, yéndose para nunca más volver.

Los que se quedaron, empezaron a sostener conversaciones viéndose a los ojos, brindando su total atención. Al principio a algunos les intimidó, pero luego no pudieron concebir conversar de otra manera. Así empezaron a florecer romances en la cotidianidad de un café, entre quienes hasta hacía poco no se hubiesen dirigido la palabra.

Muchas historias se contaron, ahora bajo la sombra de un árbol. Pocos volvieron a enterarse de confidencias que no estaban destinadas a ellos. Los que se autodefinían como “influenciadores”, no volvieron a influir en nada. Las infidelidades se vieron entorpecidas. Despojados del instrumento multiplicador del chismorreo, la gente se volcó a la creatividad y la literatura.

Meses después, cuando el fenómeno cesó y un alud de notificaciones retrasadas los sacó de su encantamiento, un cambio permanente se había gestado en la mayoría. Fue así que en la plaza central, empezaron a aparecer cientos de miles de aparatos abandonados. Sobre sus pantallas habían escrito: “Nunca más”.




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