EL CIRCO MÁS TRISTE DEL MUNDO

por Carlos Sevilla

Los payasos se habían vuelto adictos al clamor de las risas. Habiendo perdido el apoyo del público, se rodearon de un círculo de aduladores, de sonrisas falsas. Así compensaban la ausencia de carcajadas auténticas.

Cada presentación les costaba más el mantener contentos a sus halagadores. El acceso ilimitado a algodón de azúcar y las promesas de puestos preferenciales en futuras funciones eran insuficientes. Así que contrataron a unos abogados inescrupulosos que incluyeron unas letras pequeñas en la parte posterior de los boletos, obligando a los asistentes a reírse.

Pero el sonido de las risas sardónicas no era igual. El dueño del circo, un bufón retirado e inepto, empezó a impacientarse. Veía surgir el liderazgo del hombre bala, en complicidad con el domador de leones, hazañas que cada vez ganaban más adeptos. Temía que un mal día se independizaran, prescindiendo de sus fieles colegas. Ya tenía suficientes problemas con los enanos, que se habían empeñado en un tratamiento para crecer y así dedicarse a otros oficios.

Prisionero de su incompetencia, habiendo prometido instaurar un reinado de la risa, veía cómo todo se desmoronaba. Ya no bastaba con chantajear al público con golosinas gratis. Encima los juristas no aceptaron más boletos de cortesía como forma de pago, porque no querían someter a sus invitados al bochorno de tener que reírse sin ganas.

Acorralado por el agotamiento de la fórmula romana de pan y circo, el dueño optó por salir solo a la pista. El último espectáculo del payaso llorando arrancó atronadores aplausos.




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