El computista

por Carlos Sevilla

Estaba acostumbrado al aislamiento, pero lo extremo de su situación le asfixiaba. Si bien nunca había sido parlanchín, extrañaba su última conversación. Recordaba especialmente la resonancia de aquella frase, “!Sal de allí!”. No había hecho caso. Quizás por ello seguía vivo.

Con el pasar de las semanas, se hizo cada vez más evidente que no vería a nadie más, al menos no en el búnker. Al despejarse finalmente el cielo, lo único que alcanzaba a ver a través de la cámara de seguridad eran montañas y rastros carbonizados del bosque. Sabía que eventualmente necesitaría comida y tendría que arriesgarse a explorar la metrópolis a varios kilómetros de allí, pero las noticias que circularon a los pocos días del ataque no eran alentadoras.

El mundo digital era su bálsamo. No le había tomado mucho tiempo desarrollar los entes virtuales con los que se limitaba a interactuar. Cuando se animó a crearlos, ya tenía delineados los estereotipos. Programó fácilmente a varias chicas en forma, que siempre publican selfies en el gimnasio o el plano cenital de una ensalada. También codificó a los que comparten sus fotos acompañadas de alguna frase existencialista. Y al nostálgico incurable, que presumía sin cesar los atardeceres.

Transcurrió sus días puliendo estos personajes, haciendo menos tosca su predictibilidad. Así proseguiría hasta aquella mañana en la que decidió programarse a sí mismo. Para darle los últimos toques al algoritmo y hacerse lo más humano posible, incluyó una rutina que le permitiría recordar sólo lo que le convenía.




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