El funambulista

por Carlos Sevilla

Muchos se preguntarían de qué lado estaba. Por años había optado por escudarse tras su silencio. Compensaba esa ilusoria indefinición de opinión con su talento musical, sacando excelsas notas a famosas sinfonías, embelesando a sus audiencias con la sacudida de sus bucles.

Incontables víctimas después, el rey puesto a dedo y su séquito de lisonjeros afilaron aún más sus colmillos. El pueblo entero sufría y le resultaba insoportable el mutismo del músico de palacio. Necesitaban escuchar qué pensaba realmente sobre las atrocidades de ese régimen oscuro.

Llegaría el momento en que el director real se vería forzado a pronunciarse sobre lo que sucedía en el reino. Algunos dirían que no lo había hecho antes por temor a perder privilegios. Otros especularían que necesitaba abonar el terreno para la inminente llegada de un nuevo líder. Decían que temía expresarse de forma que le restara el favor del languideciente monarca.

Arrinconado por las circunstancias, finalmente habló tibiamente, seleccionando sus palabras como plasmando notas en una partitura. Difuminó sus frases con plurales, hablando de liderazgos, egos e ideologías, sin señalar a nadie, ni precisar nada, ante los oídos incrédulos de una población hambrienta de posturas firmes.

Como un funambulista, se paseó meticulosamente entre puntos de vista separados por un abismo, valiéndose de una perorata reversible. Luego intentaría enmendar su discurso, pero sus párrafos ya sonaban huecos. La mayoría no le perdonaría su neutralidad, de larga data. No falta quien ahora diga que tiene una batuta reservada en los confines más oscuros del infierno.




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