El último selfie

por Carlos Sevilla

Llegó días antes para aclimatarse. En la estación de Brașov hizo una nota mental. No muy lejos quedaba Bran y quería conocer el famoso castillo. Pensó hacerlo después de la competencia. Su destino estaba a dos horas de camino.

Al llegar introdujo el código y la cerradura de la puerta de la cabaña se abrió. No tardaría en descubrir que no había conexión de ningún tipo. Sin distracciones, se acostaría temprano para despertarse al alba y correr un poco para acostumbrarse al terreno.

Antes del amanecer, atravesó corriendo la aldea. Las calles desoladas amplificaban el sonido de sus zancadas. No intentó descifrar los carteles esparcidos en varias paredes. Sólo alcanzó a leer “Avertismen” en el críptico Rumano. Le extrañó no toparse con nadie más.

Siguió la ruta imaginada meses atrás, zigzagueando entre árboles cuya silueta apenas lograba distinguir. Al adentrarse en el bosque, escuchó el crujido de unos arbustos. Supuso eran venados, sin dejar de sentir un escalofrío.

Dejó atrás el caserío al despuntar el sol. Se detuvo para tomarse un selfie con los picos al fondo. Tan embelesada estaba consigo misma, que tardó en percatarse de lo que había más adelante en la vereda. Cuando finalmente los vio, quiso correr en dirección contraria, pero el miedo le paralizó las piernas.

Con la séptima campanada, los miembros de la cofradía salieron del refugio. Meses de meticuloso trabajo para atraer a un corredor a una carrera de montaña inexistente habían dado finalmente sus frutos. Otro sacrificio impecable. La jauría estaría satisfecha.




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