Fuegos fatuos

por Carlos Sevilla

Unos prometían que acabarían con el incendio de una vez por todas, reprochando la ineptitud de sus predecesores. Otros alegaban que la desgracia era imaginaria, que eran charlatanerías de los nunca escasos profetas del desastre.

Los miembros de la élite parecían inmunes a la calamidad y escuchaban los relatos sobre lo que se había quemado como algo ajeno, mientras recorrían la ciudad protegidos por trajes de asbesto impecables. Pero la elocuencia de los restos carbonizados era contundente, recordándoles en todo momento lo que habían sido.

Cuentan que entre las ruinas de lo que antes eran lujosos salones, aún podían escucharse las risas y el entrechoque de las copas. “Ahora son otros los que brindan”, diría un sobreviviente con amargura. Los pirómanos no dejaban de celebrar, extasiados con la destrucción de lo que para ellos representaba una era ya superada, ignorando que protagonizaban su propio final.

Muchos no vieron las llamaradas acercarse, a pesar de sobradas advertencias. Como ocurría con la mayoría de estos fuegos fatuos, eran provocados por unos pocos para someter, controlar y desmoralizar. Algunos también los aprovechaban para enriquecerse. Sus víctimas eran casi siempre inadvertidas e indefensas.

La catástrofe había sido marinada a fuego lento, por décadas. No falta quien diga que tomó siglos gestarse y que nunca acabará de extinguirse. Avivadas por el resentimiento, las llamas han consumido fábricas, escuelas, liderazgos, promesas, asfixiando el porvenir de millones. Los sueños ajenos son simultáneamente su combustible vital y su extinción. Y eternamente existirá alguien con un nuevo sueño.




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