La elocuencia de un sofá

por Carlos Sevilla

Había fuego en donde se supone debería haber oscuridad. A pesar de haber rebasado la vara del asombro durante las semanas de protestas, me tomó varios segundos dar crédito a lo que veía. Justo al frente estaba un sofá atravesado en plena autopista, quemándose. Una experiencia cinemática a la que puedo regresar en mi memoria una y otra vez. Tanto desahogo, tanta desesperación contenida en una acción.

Días después las calles parecieron volver a la calma, pero no con ello regresó la normalidad. Meses transcurrieron, con la sensación de que algo ocurría, pero a  la vez, nada pasaba. Una pasividad decantada por la decepción de millones. Volé miles de kilómetros, alejándome de aquel mueble en llamas y de lo que transmitía. Transcurría mis días en una pequeña ciudad, que distaba mucho de lo vivido los últimos meses.

Un atardecer atravesaba un bosque de robles. Decidí explorar un poco y alejarme de la vereda principal. Entonces lo vi, bajo un árbol. Un sofá, en el medio de un valle entre colinas despobladas. Quizás alguien también intentaba hacer otra proclamación, esta vez con una interpretación distinta.

Otro mueble en otra latitud, desfasado en tiempo y espacio, contando una historia diferente. Tal vez sea un refugio de encuentros furtivos, contrastando con la naturaleza, rompiendo con un entorno inquebrantable.

Ahora pienso que siempre existirá un sofá en un lugar en donde no debería estar, arrastrado hasta allí por la pasión y determinación de alguien, impulsado por el eterno deseo de vivir en libertad.




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