La tienda de nostalgias

por Carlos Sevilla

Las pócimas estaban ordenadas por colores y esencias para poder ubicarlas más fácilmente. Visto de lejos, el anaquel parecía una enorme caja de crayones, proyectando la armonía que tanto aspiraba el dueño. “La gente organiza sus recuerdos por colores y aromas, a un nivel inconsciente.”

Al dependiente no le convencía mucho esa teoría, pero le concedía el poder evocador de los olores. Sabía que podría reconocer cuarenta años después la peculiar fragancia de aquella sala de cine en Madrid en la que vio Mary Poppins cuando era niño.

El cascabel de la puerta sonó al entrar una despampanante mujer, acercándose al mostrador y sacándolo de sus sueños. No la reconoció de inmediato, pero cuando dijo: “Quisiera por favor 100 mililitros de azul Venezuela”, identificó ese tono melodioso y esa zeta que sonaba como una ese. Le vinieron a la mente imágenes añejas, caminando junto a ella a la orilla de un mar azul cristalino. Recordó una ciudad con el cielo más azul que había visto, surcado por guacamayas que se paseaban entre árboles y edificios. Él mismo había estado tentado de tomar un poco de aquella pócima muchas noches, pero la vida le había enseñado que algunas memorias era mejor dejarlas desteñirse lentamente.

Temeroso de que al revivirse un recuerdo que lo incluía, la nostalgia pudiese arrastrarlo desde un pasado remoto, respondió, mintiendo parcialmente:

“Mil disculpas. Ese color está agotado. Últimamente es de los más solicitados.”

Aquella noche al dueño no le cuadraría el inventario por primera vez.

 

Fotografía: @mabelcornago

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