Vampiros tropicales

por Carlos Sevilla

Los vampiros tropicales eran aficionados a la buena vida. “No sé si es la vida que me merezco, pero es la que me doy”, diría un vampiro, mientras removía un whisky con el dedo. Las restricciones de sus primos lejanos rumanos no les aplicaban. Les gustaba disfrutar del sol y el mar, así que no descansaron hasta dar con un antídoto contra el tan temido efecto solar. “El dinero no es problema”, aseverarían al consultar a expertos curanderos y a connotados dermatólogos. El mundo tenía demasiado que ofrecerles para pasar el resto de sus días ocultos en unas catacumbas, sin ostentar sus lujos.

Su estilo estrafalario hacía muy fácil identificarlos. Podía vérseles atravesando la ciudad, bajo el amparo de unos gorilas en motos, armados hasta los dientes. Eran soberbios, bulliciosos, usaban prendas que eran inaccesibles para el resto, pero casi siempre con pésimo gusto.

“No cuidan las formas. Ya se acerca su final”, solía repetir obstinadamente el Van Helsing criollo, pero su prédica había perdido toda credibilidad. Mientras tanto la población contemplaba atónita cómo los hematófagos seguían clavando sus colmillos en cualquier resquicio disponible. Desesperados, algunos veían como única alternativa de vida tratar de sumarse a sus fechorías, con la idea de algún día ser parte de la cadena de chupasangres.

“Mamá, cuando sea grande quiero ser vampiro”, solía escucharse en algunas casas, infectadas por el virus de la desesperanza.

Una noche una madre armada con sabiduría respondería: “Hijo, los vampiros no tienen alma y éstos ni siquiera son inmortales”.




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