DE ENTRE LAS MANOS

por Cat Yuste

Los gritos agónicos de los pasajeros y el sonar continuo de móviles inundan el vagón desmadejado en las vías del tren. Asientos, cristales, maletas, cuerpos, se mezclan por el suelo tras haber sido lanzados brutalmente por los aires, sin control, sin aviso, sin remedio. Entre los amasijos de hierro puedo ver a un joven. Agita la única mano que le ha quedado libre en busca de ayuda en mitad de este caos. Me acerco y tomo su mano. «Tranquilo, ya no te soltaré». La violencia del golpe complica mi trabajo y no puedo dedicarle demasiado tiempo. Se resiste, pero yo tengo más paciencia y mi mano fría, huesuda, no piensa soltarlo. Poco a poco, cierra los ojos y se calma. Sabe que soy la única opción que le queda para salir de aquí y se resigna. Me han visto y una voz, enérgica, comienza a pedir ayuda, a gritos, aullidos desgarrados que recorren el tren escapándose por los cristales rotos, saliendo fuera, llegando a los oídos de los que intentan ayudar. Y del caos, surgen un puñado de personas, extenuadas, que comienzan a mover los despojos de piezas deformes. Y el joven me suelta, de un tirón, para aferrarse a un tipo que se lo lleva en volandas, alejándolo de mí. Yo, La Muerte, no suelo hacer concesiones, ni ser piadosa. Pero, a veces, algunos consiguen que se me escapen los vivos de entre las manos.




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