El voyeur

por Félix Aguilar

Ese año decidió que su vida estaría llena de misterios y aventuras. Por eso, cuando la vio en aquel autobús, quiso saber todo de ella. El color de sus ojos, su libro favorito, la cantidad de perfume que se echaba en el cuello. Si prefería la esponja o las manos en la ducha. O si era más de un baño de espuma.

Cada día bajaba en la misma parada que ella y la seguía hasta su casa. Vivía en un tercero, al lado de una sucursal de Correos. Por suerte, junto a su ventana, había una escalera de incendios a la que se accedía con facilidad. Él se agazapaba ahí, mirando con disimulo a la chica que le había despertado esa peligrosa y a la vez tan placentera curiosidad.

Llevaba meses sin llover, casi los mismos que llevaba “conociendo” a su desconocida. Ese día, de pronto, empezó a diluviar. Ella bajó del autobús, refugiándose en un paraguas transparente. Él se puso la capucha y la siguió. Cuando ella entró en el portal, se dirigió hasta la escalera y subió a toda prisa, dispuesto a contemplar cómo su desconocida se quitaba la ropa mojada. Cuando estaba cerca de la ventana, resbaló y cayó al vacío. Durante la caída vio pasar toda su vida ante sus ojos. Todo era oscuridad. Nacer ciego le había hecho perderse más de veinticuatro años de su vida, por lo que la operación que le devolvió la vista le hizo plantearse muchas cosas. Al llegar al suelo, murió.




El voyeur
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