Tras la ventana

por Félix Aguilar

Aquellas grietas en la pared eran la señal definitiva. La casa era un vaticinio de las ruinas en las que se iba a convertir. ¿Dónde iría después? Las calles estaban llenas de muertos caminando entre los coches. Era casi imposible atravesar la ciudad sin ser visto o correr el riesgo de un ataque en masa. Un viejo Cadillac era su único medio de transporte. Pero con doce años y sin nadie que le hubiera enseñado a conducir, resultaba inútil. Sabía que era el único ser humano vivo en el planeta y no tenía miedo.

Tenía hambre. Echaba de menos las galletas que hacía su madre y los domingos de fútbol con su padre. Llevaba dos meses conviviendo con sus cadáveres. Eso le curte a uno o le vuelve loco. Decidió arriesgarse a salir, no sin antes ponerse todas las capas de ropa posibles, para evitar los mordiscos. Cuando estuvo fuera a unos metros de su casa, se sintió orgulloso. Deseó que sus padres hubieran estado vivos para verlo. Había superado su agorafobia y era libre.




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