21 gramos

por Félix Aguilar

Su alma estaba dispersa, como las bolas de un billar después del primer golpe. Había decidido dejar que sus pedazos quedaran así, sin necesidad de volver a unirse. ¿Para qué quería un alma entera si siempre habría alguien que se lo iba a volver a romper?
Pero él no se daba cuenta que alguien iba recogiendo los pedazos y dejándolos delicadamente sobre algodones. Cuando esa persona terminó de recoger el último de los pedazos, él notó que algo había cambiado. Se puso a buscar cada uno de los trozos de su alma, pero no los encontraba. Sin embargo, pudo ver que alguien estaba de espaldas, como montando un puzzle. Se acercó y descubrió que alguien había arreglado su alma. Una mujer que le llenó los ojos de luz. Entonces ella le entregó su alma, que estaba como nueva.

–Quédatela –dijo él–. También puedes quedarte mi corazón y mi cuerpo. Son tuyos por derecho.

Entonces ella, sonriendo, arrancó su alma y se la dio a él.

–Cuidaremos que no se vuelvan a romper, te lo prometo.




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