Ajedrez

por Frank Herrera

El agnóstico taiwanés movió su alfil confiadamente, intentando desafiar las penúltimas líneas enemigas. “Es por eso improbable su existencia, no hay forma de constatar su esencia, su localización o pruebas inminentes de sus efectos”.

Con más confianza todavía, el pastor sudafricano hizo un traslado horizontal de su torre. No evitó rabiojear la pequeña sorpresa en el rostro de su oponente. “¿Podrías descartar por la misma razón la existencia del amor, de la paz o la tristeza? Jaque mate en cuatro”.

“Al contrario, hemos nombrado así a fenómenos cuyos efectos, aunque intangibles, no nos son desconocidos. Hemos solamente etiquetado una existencia”; y con esto escondió su rey detrás de un movimiento de peón.
“Me permito volver a martillar sobre mi argumento”, y hacía avanzar si caballo por el mismo flanco que la torre, “en el que Dios existe fuera del espacio tangible y medible, una existencia que no podría ser confinada en el razonamiento humano sin perder su esencia sobrenatural. Jaque mate en tres”.

Un brillo en los ojos del taiwanés y un movimiento decisivo de su reina. “Una existencia fuera del razonamiento, querido amigo, no es más que una superstición. De existir una deidad absoluta, deberían ser medibles y observables, si no ella misma, al menos sus consecuencias. Jaque mate”.

Un niñito que observaba y escuchaba todo a escondidas, se dio vuelta, miró su relojito de agujas con cierta reverencia y decidió en voz muy bajita: “el tiempo es Dios”.




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