La Sibila

por Isona Clarck

Había arañado la noche su última campanada, se había exhalado el alba sobre la ciudad.

La mujer invisible, tendida bajo el sueño del mortal, temblaba el último paso de una danza sobre la cuerda floja del presente, que la arrojaba lejos del canto ancestral, del aullado latido de aquel corazón de hombre.

La gata, sumida junto a la ventana, en el porte de real de su felino cuerpo, clavaba su mirada de puerta a los mundos en la sibila. Rasgando su corazón, desnudaba el velo con una lírica atroz, que arrancaba a la realidad de su propio sueño.

La mujer ancestral separó su alma de aquel humano cuerpo.

Jirones de átomos y mundos parecieron derramarse la fugacidad sobre los párpados cerrados del amante.

El sol, hirió su mirada cincelada con estrellas milenarias; y la sibila lloró sin presente su futuro.

La sibila, lloró.

Había arañado la noche su última campanada exhalando en el alba su pequeña muerte, el beso del amante , que jamás, recordaría el canto y la verdad con la que le hacía el amor, aquella palabra de oráculos.

Él jamás se enroscaría en su piel.

“Juntos” era una voz inexistente.

Eran el punto de fuga de un olvidado ayer, donde el amor de una invisible mujer, se acunaba la noche y el futuro, para entregarse a los brazos de sus propios lobos.




La Sibila
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